Narrativa tradicional en el valle de Polaciones


AUTOR:

José Manuel Fraile Gil.

COLECCIÓN:
Música de Cantabria.
EDITORIAL:
Cantabria Tradicional.

ISBN
AÑO
PÁG.
TAMAÑO
ENCUADERNACIÓN
84-960-4209-X
2003
168
230 x 170
Rústica
12,00 €





Sinopsis

Publicación que contiene un extraordinario trabajo del investigador madrileño José Manuel Fraile Gil. Número uno en el campo de la cultura popular española, nos ofrece, en esta ocasión, una magnífica recopilación y estudio de la narrativa tradicional del valle de Polaciones, lugar donde los romances han perdurado con fuerza al abrigo de las altas montañas.

El libro contiene (pegado en el interior de la contraportada) un CD, que encierra 11 grabaciones de romances purriegos, realizadas en vivo durante los diferentes viajes que el autor de la obra hizo a Polaciones.


Extracto: "Características de su Romancero"

Antes de entrar de lleno en la enjundia del Romancero que vive, o que vivió hasta anteayer mismo, en el Valle que ya vamos conociendo, me parece de utilidad dedicar unas líneas a comentar y a conocer los lugares y los momentos en que los romances se hicieron allí nuevos mil y mil veces con el canto o el recitado. Esta ocasionalidad del Romancero es una coordenada en la que pocos han reparado y en cuyo estudio fue pionero como en tantas cosas don Ramón Menéndez Pidal.

Ya sabemos de los cantos líricos que entonaban los purriegos con ocasión de las bodas, y conocemos especialmente las coplas que eran fuego graneado a más y mejor en los bailes de bandurria y pandereta. Hemos repasado también las trovas de antroido que en forma de relación recogían los sucesos acaecidos en el Valle desde el último carnaval. Pero, ¿dónde y cuándo se entonaban los viejos romances?; pues, fundamentalmente en las jilas o reuniones que agrupaban a la vecindad de cada barrio en torno al amor de la lumbre. Estas jilas son el equivalente cántabro de los filandones asturianos, de las fiadas gallegas, de los hilorios burgaleses, de los hilanderos madrileños y de tantas y tantas asambleas vecinales en las que, armadas del huso y la rueca, hilaron las mujeres el lino y la lana que sabiamente tejidos serían luego su sencilla pero florida vestimenta. Así pues, la faena prestó su nombre a la reunión, y en el caso concreto de Polaciones se aspiró la hache del verbo hilar, que era aún efe en las zonas más arcaizantes, convirtiéndola en una jota agitanada que, a falta de otros signos diacríticos, hemos de simplificar transcribiéndola como jila.

Pedro Madrid Gómez fue retratado tocando una de las bandurrias hecha por su mano. En Santa Olalla, donde vivió desde muy pequeño, construyó cientos de ellas que hoy tocan los aires de Polaciones por las cuatro partes del mundo. (Foto: Emilio Blanco)

En toda tierra de garbanzos se amenizó el trabajo manual que hombres y mujeres realizaban al resplandor de la hoguera, y más tarde al reverbero de los candiles, con la narración y el canto de historias que iban desde las que se inspiraban directamente en la vieja épica medieval, hasta las que, en coplas de colorines, se habían mercado al ciego que las cantaba en la última feria del pueblo inmediato. Pues bien, en Polaciones también se floreció la narrativa en el ámbito de esas juntas vecinales en donde las mujeres viejas pasaban la antorcha de sus saberes a las jóvenes hilanderas que impulsaban el huso al compás de las melodías antañonas. Aquella reunión era también el lugar de encuentro entre los sexos y las distintas generaciones, y al igual que sucedía en las deshojas del maíz, los enamorados buscaban en la penumbra de los rincones el contacto de la ropa deseada:

      Segador, pica, pica, el dalle borrado
      y a la noche, en la jila, ponte a mi lado.



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