Antes de entrar de lleno en la enjundia
del Romancero que vive, o que vivió hasta anteayer mismo, en el
Valle que ya vamos conociendo, me parece de utilidad dedicar unas líneas
a comentar y a conocer los lugares y los momentos en que los romances
se hicieron allí nuevos mil y mil veces con el canto o el recitado.
Esta ocasionalidad del Romancero es una coordenada en la que pocos han
reparado y en cuyo estudio fue pionero como en tantas cosas don Ramón
Menéndez Pidal.
Ya sabemos de los cantos líricos que entonaban los purriegos
con ocasión de las bodas, y conocemos especialmente las coplas
que eran fuego graneado a más y mejor en los bailes de bandurria
y pandereta. Hemos repasado también las trovas de antroido que
en forma de relación recogían los sucesos acaecidos en
el Valle desde el último carnaval. Pero, ¿dónde
y cuándo se entonaban los viejos romances?; pues, fundamentalmente
en las jilas o reuniones que agrupaban a la vecindad de cada barrio
en torno al amor de la lumbre. Estas jilas son el equivalente cántabro
de los filandones asturianos, de las fiadas gallegas, de los hilorios
burgaleses, de los hilanderos madrileños y de tantas y tantas
asambleas vecinales en las que, armadas del huso y la rueca, hilaron
las mujeres el lino y la lana que sabiamente tejidos serían luego
su sencilla pero florida vestimenta. Así pues, la faena prestó
su nombre a la reunión, y en el caso concreto de Polaciones se
aspiró la hache del verbo hilar, que era aún efe en las
zonas más arcaizantes, convirtiéndola en una jota agitanada
que, a falta de otros signos diacríticos, hemos de simplificar
transcribiéndola como jila.
En toda tierra de garbanzos se amenizó
el trabajo manual que hombres y mujeres realizaban al resplandor de
la hoguera, y más tarde al reverbero de los candiles, con la
narración y el canto de historias que iban desde las que se inspiraban
directamente en la vieja épica medieval, hasta las que, en coplas
de colorines, se habían mercado al ciego que las cantaba en la
última feria del pueblo inmediato. Pues bien, en Polaciones también
se floreció la narrativa en el ámbito de esas juntas vecinales
en donde las mujeres viejas pasaban la antorcha de sus saberes a las
jóvenes hilanderas que impulsaban el huso al compás de
las melodías antañonas. Aquella reunión era también
el lugar de encuentro entre los sexos y las distintas generaciones,
y al igual que sucedía en las deshojas del maíz, los enamorados
buscaban en la penumbra de los rincones el contacto de la ropa deseada:
Segador, pica, pica, el dalle borrado
y a la noche, en la jila, ponte a mi lado.