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Índice A modo de "introito" II. La casa habitación campurriana III. La "pusiega" IV. Manejos del pajar V. El palo y el porro VI. La cachava VII. Aijá, aijada, aguijada VIII. Juegos con el "palu" IX. Los verdugos X. Sietos, setos y zarzos XI. La garauja XII. La cocedura XIII. Preparación del pan XIV. La matanza XV. Guisos, comidas y guisotes XVI. Las mantequillas XVII. Acurriar XVIII. Inquirir XIX. Ir a las cuevas XX. Mediando XXI. Feria de Nuestra Señora y San Roque XXII. Las prendadas XXIII. Los derechos de los pueblos de "la marina" en nuestros puertos XXIV. Costumbres de Campoo: Las marzas XXV. Ir a natas XXVI. La carretería campurriana XXVII. Toques de campana XXVIII. El día de la memoria XXIX. Volviendo a leer "Peñas Arriba" XXX. La torre de Proaño XXXI. Pequeña historia de don Ángel de los Ríos XXXII. La obra escrita del "Sordo de Proaño" XXXIII. Anecdotario del "Sordo de Proaño" XXXIV. Los pueblos desaparecidos XXXV. Los castros celtas XXXVI, Vstes campurrianos XXXVII. Nuestra Señora de Montesclaros | |||||||||||||||||||||||
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Presentación de la obra Nací en Argüeso, ahora pueblo del Ayuntamiento de la Hermandad de Campoo de Suso y antes villa capital del Ayuntamiento del mismo nombre, un trece de abril de mil novecientos treinta. Fue mi padre Nicanor Gutiérrez Gutiérrez, natural de Camino, hijo de Joaquín y de Pilar. Mi madre se llamó Feliciana Lozano López, natural de Argüeso, hija de Cipriano y de Angelita. Por lo tanto, soy campurriano de pura cepa, pues si nos remontamos a otros antepasados siempre nos encontramos que fueron habitantes de este Campoo de Suso o de Arriba. Por la época que nací me ha tocado conocer y vivir las costumbres antañonas que llegan, poco más o menos, hasta la mitad del siglo. Es en el decenio que empieza en 1950 cuando se produce un cambio total, tanto en las costumbres como en los medios de vida y, generalizando, es el momento en el que Campoo se incorpora a los tiempos modernos. Aunque al poco tiempo de vida, por la profesión de mi padre, marchamos a residir a otras tierras (luego habitaría en un montón de pueblos de otras provincias), siempre, en las vacaciones de verano, cuando en Camino, cuando en Argüeso, volvía a mi tierruca. Por eso puedo presumir, perdón por la inmodestia, de conocer a fondo nuestras costumbres y haberlas practicado. Fue en 1950, al jubilarse mi padre, cuando volvimos a Camino; hicimos una casa nueva en el prado de Los Fresnos y allí fijamos definitivamente nuestra residencia. Yo, por mi profesión de maestro, recorrería diferentes pueblos cántabros, hasta que en 1954 me casé, después de volver de África, donde cumplí el servicio militar como oficial de tropas indígenas en Alcazarquivir. Tuve la suerte de que, al poco tiempo, se convocó la plaza de maestro en la Fundación Rodríguez de Celis, de Paracuelles; opté a ella y me fue concedida, trabajando allí hasta el año 1992, en el que me jubilé. De mi matrimonio con Elisa Osés Gómez nacieron seis hijos: Joaquín, Carlos, Lourdes, Elisa, Marta y María del Carmen, los cuales, gozosamente, nos han dado siete nietos hasta la fecha, quienes, Dios mediante, seguirán la tradición campurriana, ya que demuestran gran amor a la patria chica. Además de Argüeso y Camino, he vivido en Ormas, Paracuelles, Soto y Espinilla. Motivo por el cual, aprovechando las tertulias, aprendía estas cosas que ahora les cuento, más la práctica de la vida cotidiana. Desde que en 1957 fui por primera vez alcalde de este Ayuntamiento, he vuelto a "reincidir" varias veces, porque nuestra gente así lo ha querido, quizás por las muchas obras que bajo mi mandato se hicieron en todos nuestros pueblos. En total suman más de treinta y dos años de vida municipal, siempre al servicio de nuestra gente. Uno de los logros más espectaculares, quizás, fue la creación de la Estación Invernal del Alto Campoo, obra que me acarreó muchos sinsabores, pero que ahora es una gozosa realidad. Muchas cosas pudiéramos contar a este respecto, pero no creo que sea propio de este libro, lo dejamos para mejor ocasión. Yo había escrito estas páginas para dejárselas a mis hijos, buenos campurrianos —que han seguido el "sinderu"—, para que supieran algo sobre nuestras costumbres, dada mi afición a escribir, que practiqué intensamente años pasados en la prensa regional bajo el seudónimo de "El Montero". Al poner en marcha la emisora municipal, Radio Alto Campoo, me invitaron para que, un día a la semana, hablase sobre temas históricos campurrianos. Al fin y al cabo, también durante más de treinta años he sido profesor de Historia. Desempolvé los viejos escritos y fui desgranando su contenido semana tras semana, durante algo más de tres años. Parece ser que a la gente le ha gustado, dado el número de preguntas que me hacen cuando voy por la calle, interesándose por si lo tengo publicado. Éste es el motivo por el cual me he decidido a dar este paso y así comprobar la acogida que pueda recibir, pues, si es bien aceptado, tenemos suficiente carrete para hilar más temas. Ya se verá. Nicanor Gutiérrez Lozano
Hermandad de Campoo de Suso, agosto del 2000. | |||||||||||||||||||||||
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Extracto: "LA PUSIEGA" La típica cocina campurriana solía tener una gran campana de recogida de humos, llamada chupón, que abarcaba todo su perímetro, según hemos comentado. Tanto salía el humo como entraba hasta la cellisca por el "chimiritañu" (parte exterior de la chimenea sobre el tejado), por lo que, a la vez que te abrasabas la delantera, se te helaba la espalda.
La cocina solía ser rectangular, ocupando la lumbre uno de los lados pequeños. Adosados a las dos paredes laterales, había dos recios escaños, formados por tablones de una sola pieza, apenas desbastados después del paso del hacha, firmemente sujetos a la pared. Para evitar que la ceniza y la brasa salieran del sitio se colocaba el "calzaderu", hecho de una pletina de hierro de unos 10 centímetros de ancha, doblada en ángulo recto por los dos extremos, formando en estas tres partes un cuadrado de unos 50 centímetros de lado. Tenía también un asa para agarrarlo sin quemarse. Sobre la pared del fondo de la lumbre estaba la "pusiega", la que hemos mencionado de pasada en el capítulo anterior. Era una construcción de piedra o ladrillo, de un metro más o menos de alta, que se elevaba del suelo en el fondo de la cocina, sobre dos pilastras rematadas en arco de medio punto, como si fuese un pequeño puente elemental; por la parte superior era llana, para poder colocar sobre ella alguna vasija. La misión de la pusiega está clara: evitar que la llama ascendiese directamente por el chupón arriba con total libertad. Al pegar sobre la "pusiega" retrocedía, permitiendo un poco más de calor. Por eso, en el hueco que quedaba debajo de ella se solía insertar una chapa de hierro fundido, con alguna figura en relieve. Las más corrientes tenían el Arcángel San Gabriel ("Grabiel" o "Garabiel", dirían los viejos) o un Santiago a caballo. Sentado en el rincón del escaño, con los pies sobre un lateral de la "pusiega", al humor de la lumbre se estaba como en la gloria, así que era el sitio reservado para el padre de familia o para el abuelo si todavía se contaba con él. Colgando de un travesaño recio de madera, pasante en la angostura del chupón, para que las llamas no le alcanzasen, bajaba una cadena con grandes argollas, rematada en la parte inferior con una pletina doblada en forma de gancho; esta misma pletina, por el reverso, tenía un gancho más ligero que insertaban en cualquiera de las argollas de la cadena para alejar o acercar al fuego la caldereta que perpetuamente pendía sobre él. Con ello se conseguía tener de continuo agua caliente para los menesteres culinarios, para fregar o para condimentar algún guiso. Las pucheras, pucheros, ollas, etc., siempre de base incierta, se los lograba dar fijeza con los "calzaderus", hierros de tres patas con una curva ajustada a la panza del cacharro. Con ello se conseguía que un movimiento imprevisto no volcase la comida. Para freír se usaba la "trébede", artilugio de hierro con tres patas, rematado con un aro del mismo material, y otra parte en ángulo para hacer de cuarta pata, pero mucho más larga para que quedase fuera de la lumbre y permitiese manejarla sin quemarse. Sobre la trébede se colocaba la sartén; por eso las patas que iban directamente sobre el fuego estaban siempre carcomidas de tanto soportar las llamas. De ahí viene ese dicho campurriano: eres más caliente que la pata de una trébede. Otro aparato que solía verse colgado de un clavo cerca de la lumbre era el fuelle, formado por dos tablas circulares rematadas, por un lado, en un rabo y, por el otro, en un tubo metálico. Las tablas se unían entre sí por medio de unos trozos de cuero. La misión era dar aire para avivar las irresolutas llamas de la lumbre mortecina o para rehacer el fuego en las primeras horas de la mañana, una vez descubiertas las brasas que la noche anterior habían quedado cuidadosamente tapadas con ceniza para que no se consumiesen. El uso de las cerillas era un lujo, así que, echando unos "serojos" (trozos de ramas finas, generalmente de escoba) sobre las brasas, a golpe de fuelle, se conseguía otra vez el milagro de una alegre fogata. No podían faltar las tenazas de hierro, de punta plana y rabo largo, para poder manejar, sin quemarse, los tizones que se empeñaban en "esburriarse" (caerse hacia los lados). Las había de mil maneras y adornos, pero eran muy apreciadas las que traían los pastores de merinas, los "borregueros", cuando venían de Extremadura: recias pero airosas, con unos retorcidos en los mangos que les daban mucha gracia. Completaba el menaje de la cocina el "pimentoneru", como todo lo fundamental de nuestra cultura, hecho de madera. Eran dos cilindros de unos diez centímetros de alto, ahuecados en una sola pieza de madera, unidos en su parte central por la misma madera que, a su vez, en la parte superior, servía para fijar el pino que ejercía de sujeción para la tapa, una tabla con la misma figura que la base, pero giratoria. Se colocaba en uno de sus departamentos la sal y en el otro el pimentón, condimento usado invariablemente para muchos de los condumios. No faltaba en ninguna de las cocinas de Campoo el rosario, aquel que lentamente se iría desgranando mientras estaba la cena. Un librito de tapas rojas, el calendario Zaragozano, colgaría del mismo clavo que el rosario; sus predicciones del tiempo también eran sagradas y muy creídas por la gente humilde. No faltaría tener a mano el candil de aceite para cualquier emergencia.
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