Biografía y Presentación de la Obra "Escenas Cántabras"
SEMBLANZA
VISTO con perspectiva histórica, alejándose del primer plano hasta encontrar la distancia adecuada, el vigoroso perfil biográfico
de Hermilio Alcalde del Río (Villamediana [Palencia], 1866 - Torrelavega [Cantabria], 1947) guarda más parecido con una figura del
Renacimiento italiano, tal era la suma de sus saberes, que con uno de sus contemporáneos en la machadiana España de charanga y
pandereta que le tocó vivir. Huérfano de padre nada más nacer, bien pronto empezaba el destino a torcerse, a poner cara de pocos
amigos, su nombre no parecía predestinado a entrar en las enciclopedias, las historias, las biografías, los catálogos, los
manuales, las antologías, esos lugares a los que sólo llegan, según el Nobel portugués José Saramago, "algunos de los que nacen".
Sin embargo, Alcalde del Río superó con creces un principio de vida de signo azaroso, y con el palanco de saltar obstáculos en
las manos, tan firmes como sus convicciones, alcanzó las cumbres más altas del conocimiento.
Desde la atalaya de Torrelavega, antigua torre del Señorío de la
Vega, un villorrio en aquel entonces de cinco mil habitantes, adonde
llegó con apenas dos años en compañía de su madre viuda, divisó
enseguida el curso que iba a seguir su versátil derrotero vocacional.
Fue maestro de obreros, más de dos mil pasaron por la Escuela de
Artes y Oficios, fundada y dirigida por él desde 1892; pintor de
excelente factura académica, discípulo del paisajista belga Carlos
Haes, se graduó en 1891 en la Escuela de Pintura, Escultura, Arquitectura
y Grabado de Madrid; y aunque fuera un prehistoriador sin título,
autodidacta, escribió libros fundamentales, auténticas biblias,
sobre el arte rupestre: Las pinturas y grabados de las cavernas
prehistóricas (1906) y Les cavernes de la región Cantabrique
(1911).
Hizo compatible su empeño intelectual en desvelar los remotos orígenes
de la humanidad, en escritos de ineludible rigor científico, con el
ferviente deseo de expresar literariamente el amor que sentía por
las tradiciones y costumbres de su tierra de adopción, y ahí están,
para atestiguarlo, las dos series de Escenas Cántabras, publicadas
en 1914 y 1928, respectivamente. La firma de Alcalde del Río aparece
con frecuencia en la prensa regional, al pie de artículos de opinión
sobre el debate altamiriense o bien en colaboraciones de tipo costumbrista.
Bajo el seudónimo Besayo firmó varios cuentos publicados en Hidalguía
Cántabra en 1913. Filólogo apasionado del habla montañesa, rescató
y preservó más de 600 fonemas de la lengua vernácula, recogidos en
un folleto titulado Contribución al Léxico Montañés (1933);
y como estudioso que era de la paleontología y de la etnografía, seguramente
que soñaría alguna vez, como el etnógrafo de Borges, con bisontes
en las noches de luna llena.
Ciertamente, Alcalde del Río hurtó muchas horas al sueño y dio por
buenas todas las vigilias y desvelos por desentrañar el enigma de
Altamira y disipar, para siempre, cualquier sombra de duda sobre la
autenticidad del descubrimiento del naturalista cántabro Marcelino
Sanz de Sautuola (1831-1888) en 1879. Tanto era su celo profesional
que llegó a trabajar hasta diez horas diarias en la reproducción exacta
de las pinturas que había plasmado hace la friolera de 14.000 años
un cazador paleolítico tan experto con el pincel como en el manejo
del arco y la flecha. En 1902, un año después de contraer matrimonio,
publicó seis artículos sobre la cueva de Altamira en El Liberal
Montañés, según el testimonio de Benito Madariaga, su principal
biógrafo.
En la vertiginosa carrera de los descubrimientos, Alcalde del Río
corría con pies de gacela, ninguno de los corredores de aquel maratón
bajo tierra, llámense Breuil, descubridor de Lascaux, Obermaier o
el mismo Cartaillhac, podía seguirle ni de cerca. En 1903, su lámpara
de Aladino hizo la luz en medio de las sombras que durante siglos
ocultaron las pinturas realizadas por tribus primitivas en las paredes
de las cuevas de El Castillo, Hornos de la Peña y Covalanas. Aquel
hombre simpático, de ojos vivaces y frente despejada,
como le retrató Manuel Llano, asombraba al mundo por el número y la
relevancia científica de sus hallazgos. Pero el destino no se daba
por vencido y en 1906, un año después de haber descubierto Santián,
puso de nuevo a prueba la capacidad de superación del prehistoriador
ante el infortunio. Nada ni nadie, ni siquiera la muerte de su primera
esposa, la cabuérniga Florinda Seco, que era lo que más quería, junto
a sus tres hijos, en este mundo, consiguió que Alcalde del Río se
concediera una pequeña tregua en su pasión espeleológica. Precisamente,
en ese año de infausto recuerdo, comparte con el abate Breuil la gloria
del descubrimiento de la cueva La Clotilde, bautizada con ese nombre
en homenaje a la mayor de sus hijas. Escribe, publica, recibe honores
y distinciones mil, mantiene relación epistolar con Breuil y el príncipe
Alberto de Monaco, asiste a congresos internacionales, y sigue robando
secretos, sin interrupción, a las hondonadas más escondidas, Atapuerca
(Burgos), La Pasiega (Puente Viesgo)...
En esta semblanza biográfica, poliédrica, multiforme, leonardesca,
llama la atención, y no debía de llamarla, ¿acaso quién procura instrucción
a la clase obrera no delata un compromiso de servicio social?, el
breve capítulo político en el que Alcalde del Río rige con vara insobornable
la vida municipal de Torrelavega, en dos años difíciles (1920-22),
de magnicidios, en 1921, muere asesinado Eduardo Dato, presidente
del Gobierno, y se produce el Desastre de Annual; la violencia y la
represión irrumpen en el mundo obrero, y empieza a prefigurarse el
golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923. Sin embargo, aquellos
días del pasado eran también de exaltación regionalista, tanto que
el alcalde electo peroraba en los corros de bolos, convertidos
en tribunas públicas, y finalizaba sus discursos con un grito bien
castizo: "¡Viva el encache!" Uno de los episodios que hizo más feliz
al regidor fue un día de junio de 1921, cuando dio la bienvenida en
nombre de la ciudad al héroe de la aviación local, Joaquín Cayón,
nada más aterrizar con su avioneta (?) de hojalata en la pradera del
tío Bartolo, una hermosa mies de Tanos, tras haber invertido
once minutos y 40 segundos en recorrer el espacio aéreo que separa
a Santander y Torrelavega. Dicen las crónicas, el historiador Pablo
del Río lo relata de forma pormenorizada, que Alcalde del Río "se
fundió en un emocionado abrazo con el precursor de Lindbergh". En
1932, el mítico piloto local perdería la vida en un accidente aéreo.
Alcalde del Río mantuvo su vinculación a la Escuela de Artes y Oficios hasta que le sobrevino la muerte en su casa de Torrelavega,
el dos de junio de 1947. Hacía tan sólo tres meses que había recibido la Medalla del Trabajo.
EL LIBRUCO
Cuando decide escribir en montañés, el universal Alcalde del Río,
miembro del Instituto de Paleontología Humana de París, se repliega
sobre el terruño de sus amores, interrumpe el diálogo con los hombres
de ciencia, y ya no serán sus interlocutores ni el príncipe Alberto
de Monaco ni Theillard de Chardin, sino lugareños palurdos, rústicos,
ingeniosos, ingenuos, como Brosio el albarquero, protagonista
del primer cuadro de costumbres de Escenas Cántabras (1914),
subtitulado Apuntes del Natural. No se trataba de buscar
una alternativa a la ciencia, producto de algún desengaño como el
que adelantó la muerte de Sautuola, refugiándose en el mundo de los
mitos y de las supersticiones populares. Nada de eso. Alcalde del
Río no ve motivos que susciten un desencuentro, mucho menos el divorcio,
entre folklore, saber popular, y ciencia, saber erudito. En nuestra
literatura, lo dijo Antonio Machado por boca de Juan de Mairena, "casi
todo lo que no es folklore es pedantería". Pero más tajante todavía
se mostró Eugenio D'0rs Xenius: "Todo lo que no es tradición es
plagio". En cualquier caso, a Alcalde del Río le bastaban y sobraban
sus propias convicciones estéticas para adentrarse, sin complejos,
dejándose llevar por su amor a la tierra de adopción, en las tradiciones
más antiguas del pueblo montañés. Ni más ni menos que hicieron anteriormente
otros autores costumbristas, Manuel Llano, Demetrio Duque y Merino,
Delfín Fernández y, muy especialmente, José María de Pereda (1833-1906),
el precedente más tangible en las Escenas Montañesas que
publicó en 1864.
Sin vanas pretensiones narcisistas, no había más laurel que el de
la humildad adornando su cabeza, Alcalde del Río moteja de libruco
a su libro de buen amor y de mejor humor. Disminuye adrede el sustantivo,
reduce, todo lo más, el tamaño físico, pero ello no rebaja un ápice
la sustancia literaria, teta de la vaca, que impregna todas sus páginas.
Con las pastas de color de hueso ahumado, como los libros del sabio
de Retablo Infantil, el libruco de 1928 asemeja
a un breviario laico que abarca un compendio de ritos campesinos,
breves retazos del alma popular, que si son leídos con el debido fervor
y atención harán más felices las horas de quienes tengan la inmensa
dicha de poder escuchar, simplemente leyendo, el canto de las salladoras,
la dulce voz de Leontina, tan primorosa que "quedóse prenda de ella
el señor Obispo en su visita pastoral". El cuadro titulado El
Sallo, auténtico apunte del natural, digno del pincel de Millet,
abunda en pasajes propios de un bello poema sinfónico, en el que distintos
grupos de labradoras cantan al pie de los panizos letras alusivas
al oficio de San Isidro: "Mi padre aró la tierra / y mi madre la sembró
/, el sallo lo hizo su hija / y la abuela despuntó /".
En verdad, Alcalde del Río, educador del pueblo, dignificador de los
trabajos más humildes, no pretende perpetuar en sus escritos costumbristas
la sociedad patriarcal, cuyos valores encarnan los diferentes tipos
y personajes que desfilan por sus relatos llenos de castizas pinceladas
de color local. ¿Acaso no hubiera cambiado, callado está dicho, todos
sus versos, como el poeta vasco Blas de Otero, por una mujer del campo
en paz, es decir, emancipada de la servidumbre del hombre y del rigor
de la azada? Sin embargo, el autor construye su encantada y encantadora
tabulación aldeana nada más que con palabras, no con datos sociológicos
ni con munición reivindicativa. Comparte, sin duda, con Francisco
Ayala la tesis de que "el idioma es la patria de la literatura". De
acuerdo con este postulado, escribe, trova a trova, cuento a cuento,
dos series sucesivas de Escenas Cántabras, con el decidido
propósito de preservar del olvido las divinas palabras de los orígenes,
los cimientos lingüísticos que sostienen, a través de los siglos,
la identidad de todo un pueblo.
Aunque no sea en probidad un escritor de tesis, tras el gramático
empeñado en la custodia y salvaguarda de coloños y
más coloños de voces montañesas, se esconde un moralista
que concluye regularmente sus esbozos naturalistas con una pincelada
de moralina, con una amable y sonriente amonestación, sin arrugar
nunca el ceño, con todo el amor del mundo, dirigida a quienes dejándose
llevar por ciertas flaquezas de la condición humana pueden caer en
situaciones ridículas cuando no esperpénticas. Como Sivirinu,
protagonista del genial episodio titulado Recelos y Avaricias
(Orillas del Miera), una hermosa fábula montañesa digna de Samaniego
sobre la suspicacia y el egoísmo. El aldeano que esperaba ver premiada
su codicia con un tesoro enterrado en el hondón más profundo de una
cueva, se encuentra con un esqueleto humano, "un hombri muerto in
lus puros güesos", perteneciente al Tío lista, el que mandó que se
le enterrase "al revés de todo muerto". Precisamente, el cuento humorístico
El testamento del Tío Tista, regocijante última voluntad
de un pasiego, combina el humor más jocoso con una suerte de melancólica
saudade con aires de cantiga: "¡Adiós, las mis cabriñas; adiós, las
mis ovejas; adiós, mi toru barroso; adiós, la mi cabañuza; adiós,
la mi Vega, San Roque, San Pedro y aquellos demás lugares en que aselan
los pasiegos!"
Leer Escenas Cántabras es algo así como asistir a un concierto
de canto coral, donde se escucha con embeleso la perfecta integración,
cantando todos al unísono, de las diferentes cuerdas. Pero con una
diferencia. Alcalde del Río, director de esta gran coral polifónica,
integrada por voces pasiegas, torancesas, carredanas, cabuérnigas,
purriegas, lebaniegas..., deja en completa libertad, para que se oigan
en todo su esplendor sonoro, los acentos singulares de cada lugar,
los matices a cual más expresivos de cada comarca, las aguas más cantarínas
de cada ribera. No permite que se pierda, en aras de un corpus unitario,
el más pequeño rasgo étnico. Con las señas de identidad de una región,
sólo a través de esta rajuca se divisa la intransigencia
en el espíritu conciliador de Alcalde del Río, no se juega. Si ayer
rechazaba con todas sus fuerzas, dentro del mismo dialecto montañés,
la uniformización, hoy ya se habría echado al monte y a las brañas
y a los seles con el fin de apacentar y de proteger a la ya diezmada
grey de los montañesismos, amenazada de muerte por el lobo de la globalización,
ese depredador sin rostro que se alimenta de hablas locales, de singularidades,
de rasgos diferenciales, de idiosincrasias, en fin, del alma de los
pueblos.
Todo depende de los cántabros del siglo XXI. Ellos tienen la palabra.
Librucos como Escenas Cántabras pueden convertirse
en murallas defensivas para frenar el avance del invasor de nuestra
identidad más genuina. En sus dos anteriores comparecencias editoriales
(1914 y 1928), la obra de Alcalde del Río halló en los lectores del
siglo XX, también en la crítica, los mejores valedores que se puedan
encontrar. ¿Qué destino espera -he aquí la gran incógnita- en la era
del chip, del móvil, de Internet, a esta nostálgica evocación de un
tiempo de deshojas, concejos, romerías, picayos, jilas, marzas, mayas...?
¿Se atreverán a darle la espalda las nuevas generaciones, aquellos
jóvenes que no han puesto sus sicodélicos relojes "por el meridiano
de su pueblo", porque "su hora", siempre Antonio Machado, "aspira
a ser mundial"? Si así fuera, que Dios nos coja confesados.
Torrelavega,
julio de 2001. Mauro Muriedas Echaves
© Cantabria Tradicional
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