Breves apuntes sobre
"Entremontes (escenas de Aldea)"

A Francisco Cubría no le gustaba que nadie escribiese prólogos de
sus obras. O sea, que estas líneas tienen un qué de traición.
Acostumbraba a presentar sus propias obras con "unas palabras, muchas
menos de las que diría cualquier amigo que me hiciera un prólogo
con gusto o cualquier señor que me hiciera un prólogo por compromiso".
Porque consideraba que "el verdadero prólogo de una obra (...) es
la reflexión o el placer durante su lectura, como es el prólogo
de toda impresión duradera el momento de recibir esa impresión".
Observando detenidamente algunas de esas "presentaciones" lacónicamente
firmadas con un F.C.S., o un "el autor", se descubren dos funciones
principales, una meta-literaria y la otra de "bloqueo del elogio".
La primera consiste en un esfuerzo por ubicar su obra en el contexto
desde el que el autor quería que se le leyese, definido por el amor
incondicional y declarado a La Montaña, y por su afán naturalista.
Quería conseguir "que cada línea y cada página se muevan por sí
solas", pobladas por personajes "de carne y hueso" que "dieran cuanto
pudieran dar y no dieran nada que no fuese suyo".Este propósito
de autenticidad -como verá el lector en las páginas de este Entremontes-
se consigue sobradamente, porque en realidad el propio Francisco
Cubría era uno de sus propios personajes; formaba parte de sus propios
cuadros (aunque fuera como señoritingo) y contaba con las habilidades
necesarias para "pintar" aquel mundo en el que se movía como pez
en el agua.
Su método de trabajo no consistía tanto en investigar como en prestar
atención a la gente. Tampoco podemos hablar de "inmersión", porque
en realidad Francisco Cubría emergía para escribir cosas de un universo
en el que había nacido inmerso. Creo que podemos estar al cien por
cien seguros de que todas las expresiones que se recogen a lo largo
de tantas y tantas páginas son genuinamente originales, queriendo
decir con ello que Cubría no se las inventó, sino que las recogió
al vuelo, en alguna bolera, a la salida de misa, en el mercado o
echando un párrafo en algún cruce entre camberas.
En el caso de este Entremontes, personalmente lo considero,
junto con Juana y Nel, lo mejor de este autor, que fue
mi abuelo. Es la obra en la cual los personajes aparecen más desnudos,
pintados con brocha gruesa de trazo duro y, sobre todo, parlanchines,
porque es precisamente cuando arrancan a hablar que estos personajes
cobran tanta vida, respiran y transpiran y se les ilumina el rostro
con la luz lechosa de una mañana de mayo. (Por cierto, que Francisco
Cubría tenía la costumbre de comenzar a escribir sus obras cuando
llegaba la primavera. y también es esta época y hasta el final del
verano el momento más apropiado para leerlas, a ser posible de día
y cerca de una ventana desde la que se vea verde).
En Entremontes se encuentra dibujado con más detalle que
en ninguna otra parte el universo particular de Francisco Cubría.
El paisaje se ordena en torno a un mapa inventado -Mazarreda, Entremontes,
Los Llanos, Cagigal, Trashoyo, Somonte cuya descripción suena tremendamente
familiar y semejante al interior trasmerano e incluso su frontera
con territorios merachos, pero que es imposible de hacer encajar
con la geografía real. Y si el paisaje tiene su importancia, el
paisanaje tiene mucha más. Los caracteres del nutrido elenco de
personajes que desfilan por las páginas de Entremontes,
al igual que los palabros y diciones a los que nos hemos referido
más arriba, están también, seguro, cazados al vuelo de entre los
convecinos de Pámanes, Penagos, Hermosa, Solares, Liérganes o La
Cavada, quienes, en las primeras décadas del siglo XX, en las que
aún la televisión no había empezado a homogeneizar la cultura del
mundo, conservaban sus propias tradiciones y valores, un estar en
el mundo propio, y una riqueza léxica que, si no fuese por obras
como ésta, se habrían perdido.
Y decíamos también al principio que había una segunda función en
las presentaciones que Francisco Cubría hacía de sus obras: la de
bloquear el elogio. A Cubría le describieron sus contemporáneos
como "deliberadamente gris", a pesar de su carácter hiperactivo
e infatigable y de estar metido en casi todo lo que tuviera que
ver con la vida intelectual y cultural de Santander. Nacido en Pámanes
en 1900, hijo de un indiano acomodado, vivió toda su vida -viajes
de recreo aparte- con un pie en su Pámanes natal y el otro en Santander,
donde falleció en 1968.
En la ciudad encontraba el ajetreo necesario en el que ocupar su
energía y sociabilidad, ejerciendo como procurador, escribiendo
columnas en los periódicos, involucrado en las actividades del Centro
de Estudios Montañeses y el Ateneo —del que fue presidente
en dos ocasiones— y participando en otras iniciativas literarias
y editoriales, como las Ediciones Literarias Montañesas de Manuel
González Hoyos, con Manuel Llano e Ignacio Romero Raizábal.
En el pueblo encontraba... Bueno, en el pueblo se encontraba consigo
mismo, respirando y absorbiendo por los cinco sentidos esos paisajes
montañeses por los que sentía un amor devoto. Es lo único que sí
solía decir siempre de sí mismo en sus presentaciones: casi se disculpaba
por estar tan apasionadamente enamorado de La Montaña, sabiendo
que no todos los lectores iban a apreciar su localismo —de
ahí precisamente, creo yo, que no quisiera prólogos ajenos, que
probablemente se habrían alejado del modo íntimo en el que el autor
entendía su cariño por la tierra—.
Pero, dicho de nuevo en sus propias palabras (y así quizá esta traición
no lo sea tanto), cuando en un libro prima lo humano, puede estar
ambientado "en un mundo o en un callejo —todo puede ser universo—".
Feliz lectura, pues, de este Entremontes, excelente introducción
a Francisco Cubría Sainz, quien a buen seguro habría puesto de lado
su modestia para recibir con agrado el homenaje de verse incluido
en esta colección de Cuentos y Cuentistas de Cantabria.
Francisco Cubría Piris
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