Antes que el ferrocarril hullero pasara por
Montes Claros, con lo que vino a ganar este santuario en facilidad de
comunicaciones todo lo que perdió del encanto y poesía que le prestaban
su soledad y apartamiento en el fondo de los montes bravíos, el medio
de locomoción más generalmente empleado por los reinosanos que iban a
visitar a la venerada Virgen era el clásico carro de vacas del país, bien
entoldado, que después de un considerable rodeo por las carreteras de
Burgos y Valdearroyo y de atravesar el monte, espeso aún en aquel tiempo,
venía a arribar al monasterio después de una larga jornada de todo el
día. Esto, cuando se trataba de familia o expedición numerosa y en que
abundase la chiquillería. Cuando sólo eran uno o dos los devotos o peregrinos,
el itinerario que se seguía era el de Horna, por el Coco, que aventajaba
notablemente el camino.
Hace ya unos cuantos años se organizó por una familia de esta villa la
acostumbrada anual expedición para cumplir ante la sagrada imagen la promesa
u ofrecimiento hechos en momentos de angustia y tribulación: y como era
de rigor en tales casos, se contó con el tío Tenerife, que así o con el
nombre de otra isla española se le nombraba, y que tenía justa fama para
aquellos menesteres (...) .
Pequeño fragmento de "Camino de Montes Claros" - Pág.
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