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Prólogo La historia del ferrocarril constituye una de las claves de la sociedad moderna, una sociedad que asimila nuevas características de progreso y comienza el proceso de lo que se ha denominado “revolución industrial”. Desde la creación de la línea entre Liverpool y Manchester, en 1830, se han dado pasos de gigante en este medio de transporte, que llegó a la península ibérica en 1848 con el enlace Barcelona-Mataró. A partir de ese momento, Cantabria apostó por el ferrocarril, y en 1852 el rey consorte, Francisco de Asís Borbón, colocó la primera piedra de la línea Santander-Alar, una iniciativa que exigió mucha constancia y esfuerzo por parte de las autoridades y las fuerzas económicas regionales, y que supuso un acontecimiento decisivo para el futuro de la sociedad cántabra. El carácter emprendedor e innovador de los montañeses se evidencia al tener en cuenta que en ese año sólo había dos líneas férreas funcionando en España, la de Barcelona-Mataró y la de Madrid-Aranjuez.
Desde entonces, los caminos de hierro han marcado la evolución social y económica de Cantabria. El vapor, la electricidad y el Diesel que impulsaban las máquinas contribuyeron a enriquecer a los pueblos, valles y comarcas de nuestra comunidad, proporcionando unos más altos niveles de bienestar, favoreciendo el comercio y la industria gracias a la mejora del transporte y dejando la huella de otras culturas e idiosincrasias por las que pasaba el ferrocarril. Uno de esos caminos de hierro que atravesó nuestra comunidad autónoma de norte a sur fue el de Astillero-Ontaneda. Este libro profundiza sobre esta vía, cuyo proyecto data de finales del siglo XIX, y que fue importantísima para integrar la capital santanderina con el resto de la región, y ésta con el norte de España. Los pueblos y valles por los que discurrió, entonces deprimidos a pesar de sus excelentes recursos naturales, vieron en el tren una solución a sus carencias, dándose a conocer a Europa. El tramo Astillero-Ontaneda dio vida a los balnearios de Puente Viesgo, Alceda y Ontaneda, a las minas que extraían mineral de las entrañas de Cabarga, a la industria marítima del Astillero y a la cohesión y desarrollo de valles como el de Villaescusa, Penagos, Cayón, Pisueña y Toranzo. Los ayuntamientos de Astillero, Villaescusa, Penagos, Santa María de Cayón, Castañeda, Puente Viesgo, Santiurde de Toranzo y Corvera de Toranzo dejaron de ser núcleos aislados. Sus estaciones o apeaderos hicieron posible el comercio interior y la evolución hacia el exterior. Las tradicionalmente incomunicadas villas pasiegas comenzaron a acercarse de forma más intensa a los balnearios, las ferias, los mercados y las industrias de la capital, y ésta respondía perfectamente a su misión de enlace con las actividades termales y turísticas de los valles.
El proyecto Astillero-Ontaneda surgió como ambiciosa idea de unir Cantabria con Aragón y Valencia, idea que llevaría el nombre del eje Santander-Mediterráneo, y que, desgraciadamente, nunca se llegó a culminar. Sin embargo la historia del enlace entre Astillero y Ontaneda dejó a su paso grandes iniciativas industriales y empresariales, que años después constituirían ejes básicos del desarrollo de Cantabria. Este libro ofrece a los lectores una labor de investigación rigurosa y documentada, apoyada por las ilustraciones que se acompañan en las páginas, que nos ayudará a conocer la importancia que tuvo este medio de transporte, concretamente la línea Astillero-Ontaneda, para los habitantes de Cantabria. Sus autores, hijos de ferroviarios, han sabido tratar con esmero y cariño esta historia, con una vocación de unir a las generaciones en un recuerdo y conocimiento que espero que sirvan para estimular nuestro interés sobre el futuro y sobre la influencia que las comunicaciones tienen en el desarrollo integral de los pueblos. Pedro Nalda Condado
Consejero de Industria, Trabajo y Desarrollo Tecnológico
del Gobierno de Cantabria.
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