Pasiegos. Memoria Gráfica de un Pueblo


AUTORES:

- Idea original, recopilación de las fotografías, textos y coordinación de la obra: Ramón Villegas López.
- Colaboración en los textos: Manuel García Alonso, Manuel Bahíllo Martín, José Manuel Fraile Gil, Gustavo Cotera, Miguel Simal y Diego Sarabia.

EDITORIAL:
Cantabria Tradicional.

ISBN
AÑO
PÁG.
TAMAÑO
ENCUADERNACIÓN
84-96042-17-0
2004
208
220 x 280
Tapa Dura
32,00 €



Sinopsis

El presente libro pretende ser un documento eminentemente gráfico, que trata principalmente sobre los usos y costumbres de los habitantes de los montes de Pas, es decir, los pasiegos.

A través de casi doscientas cincuenta fotografías antiguas, relacionadas todas con el mundo pasiego, el lector puede contemplar imágenes clarificadoras que hablan de cómo fueron, hasta no hace mucho tiempo, la vida, las costumbres, la economía o el medio físico en el que se desarrollaba la existencia de este pueblo ganadero y comerciante.

Con el fin de complementar dicho arsenal gráfico, todas las imágenes cuentan a su pie con una amplia información explicativa de la foto en cuestión. Asimismo, previamente a cada capítulo o bloque de instantáneas, aparece un artículo divulgativo redactado por un especialista en dichas materias. Estos colaboradores son: Manuel García Alonso, Gustavo Cotera, Manuel Bahíllo, José Manuel Fraile, Miguel Simal, Diego Sarabia y el propio coordinador de la obra, Ramón Villegas, el cual, se ha encargado también tanto de la recopilación como de la selección de las imágenes. El fondo documental gráfico se ha tardado en reunir más de seis meses, proviniendo de diversas fuentes. El núcleo principal pertenece a personas particulares que han conservado sus fotografías familiares y amablemente las han puesto a disposición de los autores. Otras han sido prestadas por coleccionistas o estudiosos de la materia y, por último, mencionar las que pertenecen a colecciones de estamentos oficiales, como las del Museo de Etnografía de Cantabria (METCAN).

Gaspara Gutiérrez, natural del lugar de Bustantegua (Selaya). De espléndido se puede calificar el arreo de ama que luce. La niñuca a quien cría, viste también de pasiega, pues fue muy común entre las familias pudientes disfrazar a sus pequeñas con un trajecito al estilo del de la nodriza. Imagen captada en Barcelona en el año 1880. Archivo Cofradía de la Virgen de Valvanuz.


Capítulos del libro
I. Los Montes de Pas. Hombres hacedores de montañas.
II. Cerradas y cabañas. El trabajo puesto en pie.
III. La ganadería. Oficio y devoción de los pasiegos.
IV. El comercio local. Las ferias y los mercados en Pas.
V. El comercio ambulante. La trajinería.
VI. Los heladeros y los barquilleros pasiegos.
VII. El ejercicio del arte. La artesanía entre los pasiegos.
VIII. Los Montes de Pas y las amas de cría.
IX. Las romerías y otras manifestaciones de cultura tradicional.
X. Los juegos y los deportes.
XI. La religiosidad.
XII. El traje pasiego.
XIII. Galería de tipos pasiegos.


LOS MONTES DE PAS. Hombres hacedores de montañas

“Montañas bravas”, así eran llamadas en la Edad Media estas montañas pasiegas. Y no exageraban, porque los Montes de Pas forman un gran complejo montañoso en torno al macizo de Valnera, con el Castro como altitud máxima de este territorio y de todo el sector entre los Montes de Reinosa y los Pirineos (1.707 m).

Magnífico documento gráfico que nos muestra nítidamente parte de la idiosincrasia pasiega. Se trata de dos paisanas de Pisueña, inmortalizadas por el fotógrafo Álvaro Zubieta en el mercado de Selaya, allá por los años 40 de la pasada centuria. La una, calzando las típicas almadreñas, y la otra, portando un vistoso "cuévanu niñeru" a la espalda, miran atentamente al objetivo del artista.

Las arroyadas de las fuentes de los ríos Pas, Pisueña, Miera, Asón, Nela y Trueba han conformado un panorama de cerros y picachos, pendientes de vértigo y valles de calma y remanso. Hacia el Oeste las alturas se prolongan por el Somo de Pas (1.497 m), separando los ríos Pas y Nela. Hacia el Norte, la estribación de Zamina (1.286 m) alcanza el Somo de Noja antes de desplomarse sobre Rubalcaba en Peña Pelada, separando los valles de los ríos Miera y Pisueña. Una bifurcación hacia el Oeste alcaza el Cueto Berana (889 m) por el Alto de la Braguía y divide las aguas de los ríos Pas y Pisueña. De Valnera, hacia el Este, arranca un elevado cordal que culmina en el Picón del Fraile (1.632 m), de donde se sigue una estribación hacia el Norte que separa las fuentes y nacederos de los ríos Miera y Asón. En este cordal montañoso, la elevación más significada es Porracolina (1.414 m). Pero el aspecto más agreste de los Montes de Pas está relacionado siempre con la extraordinaria extensión y calidad de la erosión Kárstica, dando forma a un paisaje de agujas, cantiles, hoyas y grutas, casi encantado y siempre imponente. El profundo abarrancamiento de los ríos y la elevación de los resaltos de roca desnuda en estos lugares es apreciable en alguna de las fotografías que aquí se presentan.

Si consideramos que los fondos de los valles se encuentran a muy escasa distancia y a cotas bajas, que van desde los 760 m del Trueba en Espinosa hasta los 170 en Arredondo, pasando por los 210 m en Selaya y los 360 m de la Vega de Pas o los 430 m en San Roque de Riomiera, nos daremos cuenta de los extraordinarios desniveles que existen generalizadamente en los Montes de Pas. Además de la erosión fluvial, la erosión de los ríos de hielo del Pleistoceno nos han dejado valles de origen glacial de espectacular belleza, como el de La Concha, con la morrena frontal a más baja altitud de todo el Cantábrico, a menos de 500 m, o el de Trueba, ya en la vertiente meridional.

Luis Ortiz, natural de La Sota (San Pedro del Romeral) y Mercedes Martínez de La Maza, oriunda de Candolías (la Vega de Pas). Matrimonio de heladeros afincados en Saint-Dizier (Francia). Fueron los fundadores en el país vecino de la casa Helados Ortiz, antecesores de la multinacional Miko (marca registrada en el año 1951). Foto archivo familiar.

En este escenario, las abundantes precipitaciones, lluvias persistentes y frecuentes nevadas invernales, hacen feraces los campos, montes y collados y los recubren de todos los tonos de la vegetación. Atrevámonos a poner color a las imágenes. En un abanico dominado por todos los verdes, desde el austero pardo al espectacular esmeralda, los colores se despliegan siguiendo el ritmo de las estaciones. Los inviernos ven cubrir los ocres, pardos y verdes con el manto blanco de la nieve, los árboles desnudos de las riberas y sotos; pero pronto la primavera rompe a colorear los prados y sierras, a avivar hasta lo estridente los verdes, al ritmo del rebrote de la hoja y la “brena”. El verano uniformiza los colores y llena de aromas de cosecha los campos, antes de explotar en una sinfonía de colores los bosques pasiegos con su cubierta otoñal. Es el ritmo del eterno discurrir del tiempo en estas montañas, una sinfonía feraz que alimenta los ganados trashumantes siguiendo el paso de las estaciones del año, los veranos en las pastizas frescas del “somo”, los inviernos abajo, lejos de las nieves, y las “lenes” pardas. Debemos aprender a verlo en los tonos de grises de estas añosas fotografías.

Pero el paisaje en estos montes, realmente como en pocos lugares, es el producto de las decisiones y trabajos de los que a lo largo de su historia aquí han habitado. Es una tierra que se nos presenta, casi de repente, como un atrayente mosaico de prados, sotos y pastizales recortados, ordenados, ajardinados casi. Un paisaje hondamente habitado, en el sentido de moldeado por sus esforzados habitantes. En él domina la pradería cercada a canto seco, la finca con su casa o cabaña, con algunos árboles junto a la casa y la cerca, generalmente fresnos y ocasionalmente tejos, rodeada de sierras con vegetación de landa atlántica y algunos bosques de frondosas, breves hayedos en las zonas altas y robledales en las bajas, recortadas por los ríos y las crestas rocosas. La agrupación de fincas colindantes forma el cabañal pasiego que, a su vez, participa de un barrio ganadero conformado por cabañales para “envernar”, en las vegas, y para “enverengar” en las “brenizas”. Un grupo de barrios colindantes forma la villa, con su centro administrativo y de servicios en la plaza. Algunas de estas agrupaciones vemos en las páginas que siguen.

Bucólica estampa, prototipo del paisaje netamente pasiego. Aquí vemos un barrio de cabañas "vividoras", alojadas en lo más cómodo del valle. Conviven en perfecta armonía con todos aquellos elementos que, formando parte del conjunto, complementan dichas construcciones. Así, vemos los pequeños cercados a modo de huertos y las fincas que las rodean, tapiadas con paredes de piedras, laboriosamente armadas por el paciente pasiego. Los fresnos, podados las más de las veces, proporcionan protección, sombra y, en ocasiones, remedios curativos para ciertas dolencias del ganado. Fotografía de Álvaro Zubieta. Años 40 del siglo XX.

El espacio lo define el hombre, y los pasiegos habitan a ambos lados de las montañas, aquí la construcción de la comunidad societaria no deriva de la ocupación desde el fondo de un valle, sino que se ha hecho desde la montaña, desde arriba. Por eso, aunque la mayor parte de los Montes de Pas corresponde a la Comunidad Autónoma de Cantabria, existe una pasieguería burgalesa que, por tanto, pertenece a la Comunidad Autónoma de Castilla-León. Forman parte de la pasieguería los términos de las Tres Villas Pasiegas (San Pedro del Romeral, la Vega de Pas y San Roque de Riomiera), la pedanía de Las machorras, en Espinosa de los monteros, y zonas precisas de Soba, Ruesga, Miera, Cayón, Carriedo, Valdeporres y Luena; esto último como resultado de un proceso histórico de colonización de los comunales de jurisdicciones vecinas. Si las Tres Villas Pasiegas representan 181 Km2 de extensión, el área total excede los quinientos.

La Vega de Pas. Competición de salto pasiego en el año 1971. Foto archivo particular.

El amplio territorio que hemos descrito pertenecía históricamente al Reino de Castilla y a las Montañas Altas de Burgos hasta la división provincial y autonómica actuales. De hecho se trataba de un espacio mal delimitado de terrenos propios pertenecientes a ciertas jurisdicciones castellanas de la antigua Merindad de Castilla la vieja. En un principio, terrenos mayormente bajo la jurisdicción de la villa de Espinosa de los Monteros hasta su independencia en el siglo XVII. Siempre fueron término de realengo y, con el preciso nombre de Montes de Pas, forman jurisdicción propia a partir de este momento. Primeramente surgieron los núcleos de poblamiento en torno a ermitas y parroquias; más tarde, en ellas aparecen las plazas, para los mercados, que centralizan los servicios a los barrios y hoy, las enormes dificultades por conformar una comarca propia y bien articulada, en parte por la disposición orográfica, ha conducido a las villas y barrios a depender de centros comarcales exteriores a la pasieguería. La villa de San Pedro del Romeral mira hacia Ontaneda, la de la Vega de Pas a Selaya, y la de San Roque de Riomiera a Liérganes o Solares. Los barrios pasiegos burgaleses siempre dependieron para todo de Espinosa de los Monteros. Las enormes dificultades en abrir caminos y comunicaciones tienen mucho que ver en ello.

Sin duda debemos hacer un esfuerzo, siempre recompensado, para que la enseñanza de la historia y el conocimiento de los elementos geográficos del paisaje vengan a nosotros. Pero merece la pena hacerlo, fijarnos en los detalles, merece la pena reconocer fragmentos de recuerdos de un tiempo que construyó el presente. Veamos.

Por Manuel García Alonso


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