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| Presentación de la obra Uno de los males más terribles de nuestro tiempo es la pérdida de la memoria. Olvidar lo que se ha sido, de dónde se procede y los avatares y transformaciones acaecidos en ese devenir, constituye una pérdida irreparable. Como decía el poeta Paul Valery: "Cada día nos reconstruimos gracias a la inmaterialidad del recuerdo".
Pero a los recuerdos personales, subjetivos y obligados a vivir con cada uno de nosotros a lo largo de nuestro tiempo, se les contrapone otra forma de memoria colectiva, que se invoca en el justo instante que contemplamos una vieja fotografía. Para quienes vivieron aquellos momentos que muestra una antigua imagen fotográfica, se produce la magia de la evocación, el desencadenante de unas sensaciones que inexorablemente llaman a nuestros sentimientos. En esas imágenes venidas del pasado está nuestra forma de vida de entonces, los rostros amigos de quienes conocimos y el paisaje de un tiempo que ya no es el actual, pero que, gracias a la fascinación de la imagen fotográfica, vuelve a dialogar con nuestra memoria con todos los matices que tuvo y que quizás otros no puedan apreciar en esa misma visión. Un fragmento del tiempo que se recobra ante nosotros mientras una mirada se posa en una escena fotográfica que nos muestra otro tiempo que vuelve a ser, por unos instantes, materia del presente. Para otros, contemplar viejas fotografías no es un ejercicio de estimulación de la memoria, porque no conocieron ese pasado que allí se muestra, y porque apenas tienen de él conocimiento más que por las referencias que les han contado los mayores. Vivimos una época histórica en la que nuestros pueblos y nuestras vidas han cambiado tanto y tan apresuradamente que las jóvenes generaciones no han conocido tradiciones, costumbres y formas de vida que para muchos fueron habituales y que ahora resultan tal vez algo extrañas para los más jóvenes o, quizás, se les antojan pintorescas y curiosas cuando son narradas por los mayores. La fotografía cumple, en ese sentido, una función de dar identidad y coherencia al pasado de todos, tanto de quienes lo conocieron y hoy tienen oportunidad de reconstruir esos retazos del ayer, como a quienes por su juventud tienen la oportunidad de descubrir en imágenes aspectos de un tiempo de cuyas consecuencias también son herederos a pesar de no haberlo vivido. Por este y otros muchos motivos, me parece enormemente encomiable la apasionada labor que ha emprendido desde hace ya algunos años Pedro de la Vega Hormaechea, quien con infinita paciencia y amor por su tierra, desde la Junta Vecinal de Puente Viesgo, está realizando una importante y callada labor de recuperación de las viejas imágenes fotográficas de su tierra. Una dedicación que le hace ir casa por casa, colección por colección, para ir extrayendo aquellas imágenes que reconstruyen el pasado visual de Puente Viesgo. Tengo el honor de conocer a Pedro de la Vega Hormaechea desde hace algunos años, y ya la primera vez que visitó mi despacho de la Universidad de Cantabria me di inmediatamente cuenta que estaba ante una persona seria y rigurosa, que más allá de la pasión del coleccionista accidental, sabía perfectamente la importancia futura de la labor que estaba llevando a cabo, a contrapelo de una tradición bastante iconoclasta con nuestro pasado, que ha estado muy vigente entre nosotros, y que, por fortuna, está empezando a cambiar en los últimos años, aunque todavía con más lentitud de lo deseable.
Otro de los aspectos de este libro que me resulta enormemente grato es el hecho de que su autor ha implicado a muchas personas para que pueda ser una realidad. Las viejas fotografías que cada uno guardamos en nuestros álbumes familiares tendemos a verlas como algo insignificante y sin valor fuera de nuestro ámbito privado. Es posible que esto sea así, pero no es menos cierto que cuando esas imágenes privadas se ponen en común, se está articulando una forma de ver nuestro pasado colectivo que en unos momentos como los actuales ya se comprende y se acepta socialmente su importancia. El autor de este libro, con su esfuerzo y tesón, ha conseguido también que muchas personas comprendan que una fotografía privada es algo más que un trozo de cartulina química, sin apenas importancia si se quema o se destruye. Cada fotografía que muestra el pasado es un pequeño patrimonio colectivo, un documento privado que nos atañe a todos, y que, gracias a recopilaciones como la que se recoge en este libro, sirve hoy para disfrutar del recuerdo o para descubrir aspectos de otros tiempos en los que imperaban otros valores o ya existían algunas tradiciones que explican su arraigo actual. Gracias a las posibilidades de la reproductibilidad fotográfica y de la imprenta, esas escenas se disfrutan hoy, pero a la vez —y esto me parece enormemente importante— se conservan para el futuro.
Por las páginas que siguen desfila la evolución urbanística y paisajística de Puente Viesgo, las fiestas que concitaban a todos en los días señalados, las gentes conocidas que vivieron su tiempo y mil y un aspectos de la vida cotidiana, que por algún motivo singular quedó registrado en su momento en el fondo de una cámara fotográfica. De todas ellas, plenas de interés y significado, hay una por la que siento una especial debilidad. Se trata de ese grupo de mujeres que están lavando en el río y su figura se refleja en el agua, que actúa como un espejo. Si el lector da la vuelta a la página del libro verá una realidad invertida; unas figuras indecisas que salen de ese agua especular. Algo parecido ocurre con cada una de las imágenes fotográficas que nos han llegado del pasado. También en el espejo de la fotografía se nos devuelve el reflejo de un momento del Puente Viesgo que ya fue, pero que, aunque hoy se nos reaparezca de color sepia, no podemos olvidar que procede de una realidad atrapada en el ayer. Estas imágenes del ayer también nos contemplan a todos nosotros, y nos recuerdan que si se pierde la memoria de la fotografía, seguramente tampoco seremos capaces de entender nuestro presente. Aquí y ahora, este libro es un magnífico ejercicio para ejercitar el recuerdo, o para descubrir un tiempo que a pesar de las apariencias no está tan lejano como parece. BERNARDO RIEGO (UNIVERSIDAD DE CANTABRIA)
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