Siempre recordaré el encuentro mágico con Atkinson. Fue
todo un descubrimiento. El era un ingeniero británico que había
venido a estas tierras a construir el ferrocarril de Alar, el anunciador
de los tiempos modernos que, inevitablemente, acabarían penetrando
en la fisonomía de la villa y en la mentalidad de sus habitantes.
Traía, con su flema británica, una abultada cámara
oscura y buenas cargas de ilusión por la nueva técnica.
Llamó la atención, nadie sabíamos qué era
ese extraño objeto que llevaba consigo. Lo apoyó en el
trípode, mientras una avalancha de reinosanos le observaba atónita.
Él preparó el artefacto, como si nada, parecía
un ritual religioso. Enfocó la cámara durante un tiempo
hasta que el milagro de la luz obró e inmortalizó a Reinosa,
junto al Camino Real, con sus solanas y la sempiterna iglesia de San
Sebastián al fondo. Ocurrió en 1857 y esta inolvidable
experiencia se la debo a Daniel Guerra de Viana que, a partir de ese
momento, me propuso emprender un viaje a través de las horas
y los días.
De repente, nos encontramos en un mundo casi desconocido, sin apenas
puntos de referencia ni caras familiares a las que saludar. Reinosa
era un universo pleno de significados en sí misma en que el ritmo
de los cambios era tan lento que se asimilaba a la propia identidad
de manera natural, al ritmo del paso cansino del ganado de tiro. Poco
después llegaría el torbellino del ferrocarril y más
tarde entraría en la plena época industrial con el asentamiento
de La Naval. Tendrían que transcurrir algunos años. Esta
villa tiene un carácter permeable por crecer al borde del camino.
Todo lugar de paso siempre se muestra receptivo a las innovaciones,
a las tendencias que van marcando las pautas en cada época. En
Reinosa se sienten dos tiempos, el que crean las personas con su actuar
y el que establece la naturaleza, como en pocos lugares. Quizá
por ello, sus gentes tengan un carácter estoico y respondan con
un sereno todo pasa a las apabullantes invernadas de la nieve. Reinosa
penetra en las capas más profundas del querer. Atrapa. Posee
la sabiduría y la belleza que impregnan los años a quienes
saben escucharlos y vivirlos. Desconcierta. De trato amable y educado,
la palabra de sus gentes destila sentido del humor en tono mesurado.
Esta ciudad es como un manual de la historia de España en edición
de bolsillo. Ha tenido, durante siglos, un desarrollo a la mediada de
sus vecinos. Jamás ningún cambio histórico la ha
sometido a crecimientos desproporcionados ni a crisis acentuadas que
le hicieran dudar de su propio ser. Hubo añoranzas por aquel
tiempo pasado que se escapaba entre las manos posesivas, le ocurrió
a Duque y Merino, pero nunca hubo reacciones casticistas y miopes a
los signos de los tiempos modernos. Estaba atrapado en este pensamiento
cuando topamos con los torreones de Navamuel y Manrique y Daniel Guerra
de Viana empezó una lista de vestigios emblemáticos de
las edades de Reinosa. Frente a nosotros se muestra vigilante el poder
banderizo del medievo; próxima se levanta la construcción
barroca de la iglesia de San Sebastián; un poco más alejado,
el decimonónico Teatro Principal traza con recato su sobriedad
de líneas, siempre pendiente del rumor vecinal en torno a la
Fuente de la Aurora, atravesando el puente de Carlos III y por la entonces
denominada calle Canalejas se presenta La Casona, camino de Cupido,
donde permanece el testimonio atormentado de Casimiro Sainz, hasta alejarnos
hacia las afueras, donde se estableció la emblemática
Naval. En tan sólo 4,12 kilómetros cuadrados se encuentran
hitos del devenir de este país.
Todos estos momentos de aquellos tiempos están muy bien porque
son referencias simbólicas de pertenencia a los diferentes marcos
políticos de convivencia en este país: desde los foramontanos
que, al impulso de la monarquía astur, repoblaron las zonas de
interior, a los promotores laicos y religiosos del Camino de Santiago,
a los Ilustrados que encontraron los manantiales del progreso en la
Filosofía y en la Ciencia, a los hombres y mujeres que crearon
valor con su irremediable y anónimo trabajo, hasta nuestros días
en que la ciudadanía es la primera y última fuente de
legitimación. Y, estos marcos, tuvieron sus modos de organización
económica en que unas actividades y conocimientos ejercían
de fuerza tractora de la villa, como el saber hacer artesanal, la agricultura,
la ganadería, los albores de la industrialización y su
apogeo hasta la revolución tecnológica que introduce la
información en nuestros días. Reinosa cuenta en su currículum
con emprendedores. Fueron reinosanos quienes fiaron, por ejemplo, capital
y empeño para desarrollar la producción del vidrio y,
a partir de esta experiencia pionera, transformar a la comarca en uno
de los focos de la incipiente industrialización de España.
Ocurrió en el siglo diecinueve, tan sólo ayer mismo.
Daniel Guerra de Viana y Miguel de Celis presentan, en este libro,
una secuencia temporal significativa del acontecer de Reinosa desde
mediados del siglo diecinueve hasta cien años después.
Como Diablo Cojuelo, ha asaltado tejados y azoteas, ha acompañado
a los carreteros por el Camino Real, ha preparado la masa para el pan
y los dulces, ha sido el copiloto de los primeros automóviles
de la villa, ha festejado la llegada inaugural del tren, ha sido aprendiz
en la escuela de La Naval, ha conducido el ganado a las ferias, ha construido
carrozas y carretas para San Mateo y para el Día de Campoo, ha
entregado premios a cantadoras y rondas, ha atendido las consejas de
las reino sanas mientras lavaban a orillas del Ebro, ha espalado la
nieve para abrir caminos y trincheras, en definitiva ha sabido escuchar
el latir de Reinosa y ofrecerlo para que compartamos este patrimonio
de la memoria común.
Sinceramente, es hermoso comprobar que la escala de Reinosa respeta
las proporciones de la persona, como los patrones clásicos de
diseño de la polis o las más innovadoras tendencias urbanísticas
de este mundo globalizado, y conmueve, por el significado de proximidad,
que los acontecimientos narrados llevan impresos nombres y apellidos
identificables que, con otros más numerosos, conforman el universo
afectivo de la villa. Sin caer en la apología de la armonía
social –porque en todos los sitios cuecen habas- o en la visión
amable de Luis Mazorra (“Ya se encarga el ambiente incopiable
de la tierra de hacer convivir a todos en apacible fraternidad”),
este Reinosa a la medida de la persona sí ayuda a entender la
vida con más humanidad. Con este sentimiento, concluí
el viaje iniciado un buen día de 1857 y, por qué negarlo,
también con el verso de Antonio Machado: “Muchas leguas
de camino / hizo mi canción. / ¿En busca de un espejo?
/ Buscando un corazón”.
Óscar Ariz Casas