Reinosa. El paso del tiempo.


AUTOR:

Miguel de Celis Cabezón, Daniel Guerra de Viana.

COLECCIÓN:
- -
EDITORIAL:
Cantabria Tradicional.

ISBN
AÑO
PÁG.
TAMAÑO
ENCUADERNACIÓN
96042-14-6
2003
176
270 X 210
Rústica
23,00 €



Sinopsis

Sugestiva publicación, en cuyo interior encontramos una interesantísima colección de fotografías antiguas que tratan de la ciudad de Reinosa. La recopilación ha sido obra del fotógrafo local Miguel de Célis, que para la elaboración del presente libro, ha contado con la inestimable colaboración del escritor, también reinosano, Daniel Guerra, el cual es autor tanto de la selección de las imágenes, como de los textos que las acompañan.

Las secuencias fotográficas que aquí podemos encontrar giran en torno a diversos aspectos de la ciudad y sus pobladores: vistas generales y parciales, calles y rincones, el comercio y la industria, las fiestas de San Mateo, la religiosidad o las escuelas y los escolares, son algunos de los temas que aborda.

Prólogo

Siempre recordaré el encuentro mágico con Atkinson. Fue todo un descubrimiento. El era un ingeniero británico que había venido a estas tierras a construir el ferrocarril de Alar, el anunciador de los tiempos modernos que, inevitablemente, acabarían penetrando en la fisonomía de la villa y en la mentalidad de sus habitantes. Traía, con su flema británica, una abultada cámara oscura y buenas cargas de ilusión por la nueva técnica. Llamó la atención, nadie sabíamos qué era ese extraño objeto que llevaba consigo. Lo apoyó en el trípode, mientras una avalancha de reinosanos le observaba atónita. Él preparó el artefacto, como si nada, parecía un ritual religioso. Enfocó la cámara durante un tiempo hasta que el milagro de la luz obró e inmortalizó a Reinosa, junto al Camino Real, con sus solanas y la sempiterna iglesia de San Sebastián al fondo. Ocurrió en 1857 y esta inolvidable experiencia se la debo a Daniel Guerra de Viana que, a partir de ese momento, me propuso emprender un viaje a través de las horas y los días.

Reinosa, en una de las fotografías más antiguas, si no la más, de las que se tienen constancia, su autor fue el ingeniero británico Atkinson, que desarrolló la obra del ferrocarril entre Alar y Reinosa, dejando constancia en 1857 de cómo era el Camino Real a su paso por la aún villa reinosana.

De repente, nos encontramos en un mundo casi desconocido, sin apenas puntos de referencia ni caras familiares a las que saludar. Reinosa era un universo pleno de significados en sí misma en que el ritmo de los cambios era tan lento que se asimilaba a la propia identidad de manera natural, al ritmo del paso cansino del ganado de tiro. Poco después llegaría el torbellino del ferrocarril y más tarde entraría en la plena época industrial con el asentamiento de La Naval. Tendrían que transcurrir algunos años. Esta villa tiene un carácter permeable por crecer al borde del camino. Todo lugar de paso siempre se muestra receptivo a las innovaciones, a las tendencias que van marcando las pautas en cada época. En Reinosa se sienten dos tiempos, el que crean las personas con su actuar y el que establece la naturaleza, como en pocos lugares. Quizá por ello, sus gentes tengan un carácter estoico y respondan con un sereno todo pasa a las apabullantes invernadas de la nieve. Reinosa penetra en las capas más profundas del querer. Atrapa. Posee la sabiduría y la belleza que impregnan los años a quienes saben escucharlos y vivirlos. Desconcierta. De trato amable y educado, la palabra de sus gentes destila sentido del humor en tono mesurado.

Pequeño autobús ante la puerta del comercio Tejidos La Pasiega.

Esta ciudad es como un manual de la historia de España en edición de bolsillo. Ha tenido, durante siglos, un desarrollo a la mediada de sus vecinos. Jamás ningún cambio histórico la ha sometido a crecimientos desproporcionados ni a crisis acentuadas que le hicieran dudar de su propio ser. Hubo añoranzas por aquel tiempo pasado que se escapaba entre las manos posesivas, le ocurrió a Duque y Merino, pero nunca hubo reacciones casticistas y miopes a los signos de los tiempos modernos. Estaba atrapado en este pensamiento cuando topamos con los torreones de Navamuel y Manrique y Daniel Guerra de Viana empezó una lista de vestigios emblemáticos de las edades de Reinosa. Frente a nosotros se muestra vigilante el poder banderizo del medievo; próxima se levanta la construcción barroca de la iglesia de San Sebastián; un poco más alejado, el decimonónico Teatro Principal traza con recato su sobriedad de líneas, siempre pendiente del rumor vecinal en torno a la Fuente de la Aurora, atravesando el puente de Carlos III y por la entonces denominada calle Canalejas se presenta La Casona, camino de Cupido, donde permanece el testimonio atormentado de Casimiro Sainz, hasta alejarnos hacia las afueras, donde se estableció la emblemática Naval. En tan sólo 4,12 kilómetros cuadrados se encuentran hitos del devenir de este país.

Todos estos momentos de aquellos tiempos están muy bien porque son referencias simbólicas de pertenencia a los diferentes marcos políticos de convivencia en este país: desde los foramontanos que, al impulso de la monarquía astur, repoblaron las zonas de interior, a los promotores laicos y religiosos del Camino de Santiago, a los Ilustrados que encontraron los manantiales del progreso en la Filosofía y en la Ciencia, a los hombres y mujeres que crearon valor con su irremediable y anónimo trabajo, hasta nuestros días en que la ciudadanía es la primera y última fuente de legitimación. Y, estos marcos, tuvieron sus modos de organización económica en que unas actividades y conocimientos ejercían de fuerza tractora de la villa, como el saber hacer artesanal, la agricultura, la ganadería, los albores de la industrialización y su apogeo hasta la revolución tecnológica que introduce la información en nuestros días. Reinosa cuenta en su currículum con emprendedores. Fueron reinosanos quienes fiaron, por ejemplo, capital y empeño para desarrollar la producción del vidrio y, a partir de esta experiencia pionera, transformar a la comarca en uno de los focos de la incipiente industrialización de España. Ocurrió en el siglo diecinueve, tan sólo ayer mismo.

Fotografía del Día de Campoo. Grupo Esporádico tocando por la calle del Puente de Carlos III. Lo más interesante de la instantánea es ver cómo tocan la chifla campurriana a finales de los años 40.

Daniel Guerra de Viana y Miguel de Celis presentan, en este libro, una secuencia temporal significativa del acontecer de Reinosa desde mediados del siglo diecinueve hasta cien años después. Como Diablo Cojuelo, ha asaltado tejados y azoteas, ha acompañado a los carreteros por el Camino Real, ha preparado la masa para el pan y los dulces, ha sido el copiloto de los primeros automóviles de la villa, ha festejado la llegada inaugural del tren, ha sido aprendiz en la escuela de La Naval, ha conducido el ganado a las ferias, ha construido carrozas y carretas para San Mateo y para el Día de Campoo, ha entregado premios a cantadoras y rondas, ha atendido las consejas de las reino sanas mientras lavaban a orillas del Ebro, ha espalado la nieve para abrir caminos y trincheras, en definitiva ha sabido escuchar el latir de Reinosa y ofrecerlo para que compartamos este patrimonio de la memoria común.

En esta instantánea, los "espaladores" tuvieron un descanso, seguramente a la voz de "mirad el pajarito" del fotógrafo. La profundidad era tan grande, que se hicieron necesarias escaleras para poder subir después. Como siempre, muchos "observadores" contemplando las "obras". 20 de febrero del 54.

Sinceramente, es hermoso comprobar que la escala de Reinosa respeta las proporciones de la persona, como los patrones clásicos de diseño de la polis o las más innovadoras tendencias urbanísticas de este mundo globalizado, y conmueve, por el significado de proximidad, que los acontecimientos narrados llevan impresos nombres y apellidos identificables que, con otros más numerosos, conforman el universo afectivo de la villa. Sin caer en la apología de la armonía social –porque en todos los sitios cuecen habas- o en la visión amable de Luis Mazorra (“Ya se encarga el ambiente incopiable de la tierra de hacer convivir a todos en apacible fraternidad”), este Reinosa a la medida de la persona sí ayuda a entender la vida con más humanidad. Con este sentimiento, concluí el viaje iniciado un buen día de 1857 y, por qué negarlo, también con el verso de Antonio Machado: “Muchas leguas de camino / hizo mi canción. / ¿En busca de un espejo? / Buscando un corazón”.

Óscar Ariz Casas



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