Julio García de La Puente


AUTOR:

Manuela Alonso.

COLECCIÓN:
- -
EDITORIAL:
Cantabria Tradicional.

ISBN
AÑO
PÁG.
TAMAÑO
ENCUADERNACIÓN
84-96042-30-8
2005
280
250 X 290
Tapa Dura
36,00 €





 

Julio García de La Puente (1868-1957) fue uno de los más famosos y laureados fotógrafos que operaron en Cantabria en los principios del siglo XX. Conocido en su época principalmente por sus series de tarjetas postales en las que recreaba temas etnográficos –sobre todo de Campoo- y del patrimonio monumental regional, ha permanecido casi olvidado para los cántabros hasta este momento.

Manuela Alonso, autora del trabajo, nos describe magistralmente lo que fue la vida y obra de un artista especial, que utilizó la fotografía como un medio de expresar su visión del mundo que le rodeaba.

Anexo a la biografía y al estudio y características de su obra, la autora ha logrado reunir, no exento de un largo y dificultoso trabajo de recopilación, una interesantísima colección de sus más famosas instantáneas, unas en formato fotografía (83), y otras en formato tarjeta postal (153), que bien seguro hará las delicias de los aficionados a la fotografía antigua y coleccionistas de postales de época.

El libro se presenta en una esmerada y cuidadísima edición, impreso a color y encuadernado en tapa dura, todo un lujo para los que gustan apreciar el arte fotográfico de los primeros tiempos.

Un birle á barrer dos calles. C. 1906 (Centro de Documentación de la Imagen de Santander).


La historia de la fotografía española se viene haciendo en los últimos veinticinco años lentamente pero con paso cada vez más firme. Desde comienzos de la década de los ochenta, con los escritos pioneros de Lee Fontanella y Marie-Loup Sougez (ambos de 1981), la exposición Idas y Caos (1984) y las actas del Primer Congreso de Historia de la Fotografía Española que organizó Miguel Ángel Yánez Polo en Sevilla (1986), se viene recorriendo un camino que pasa por estudios regionales y locales, para ver en los últimos años cómo crece el número de monografías de fotógrafos, desde los clásicos como Charles Clifford hasta los que trabajaron en el cambio de los siglos XIX al XX, en una coyuntura fotográfica nueva, sin olvidar a los de nuestros días que nunca han dejado de despertar el interés de los estudiosos.

Desde el principio, casi todos los investigadores de esta historia han venido de otros campos –la literatura española del siglo XX, la edición y el contacto con los fotógrafos o la medicina... por seguir con los ejemplos del párrafo anterior- algo nada extraño si tenemos en cuenta que no existían en las universidades españolas estudios de historia de la fotografía. También en otros países, incluso en los que fueron pioneros en este área como los Estados Unidos, había sido así. Baste recordar que Beaumont Newhall, el primer conservador de Fotografía del Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York y el autor de uno de los libros básicos de esta disciplina (The History of Photography from 1839 to the Present Day), tenía una formación en Historia del Arte y era el bibliotecario del museo cuando empezó a ocuparse de las fotografías de la colección y organizó en 1937 la exposición de la que nació el libro.

Recuerdos y esperanzas. C. 1910 (Centro de Estudios Montañeses).

Pues bien, en un campo en el que casi todos somos un poco autodidactas, Manuela Alonso cuenta con una ventaja muy importante: su conocimiento teórico –es doctora en Historia del Arte con una tesis dedicada ya a la fotografía artística en España en los años del cambio de siglo- viene acompañado de una sólida formación práctica, adquirida y desarrollada en el Aula de Fotografía de la Universidad de Cantabria, como acredita también su trabajo en el Manual para el uso de archivos fotográficos (1977). En torno a este Aula de Fotografía se ha creado uno de los grupos más activos en la investigación fotográfica española, el de Cantabria, con Bernardo Riego, con quien la autora ha publicado numerosos textos y ha organizado exposiciones desde 1994.

Muchos de esos trabajos de Manuela Alonso tienen como objetivo uno de los ámbitos favoritos de la investigación en los últimos años, el cambio del siglo XIX al XX, un momento en el que la fotografía se coloca al alcance de un número mucho mayor de personas de las que habían tenido acceso a ella hasta entonces. Desde los años ochenta, las nuevas cámaras portátiles, el precio relativamente bajo de las mismas y la facilidad de enviar el carrete impresionado a la casa, que se ocupaba de revelar y positivar, entregando las copias al fotógrafo y devolviéndoles la cámara cargada de nuevo y lista para usar, hizo que acercarse a la fotografía resultara fácil y que ésta perdiera ese halo de misterio que rodeaba el trabajo en el laboratorio. El número de “aficionados” se multiplicó en incluso algunas mujeres de la aristocracia y de la burguesía, como Eulalia Abaitua en Bilbao, se animaron a dedicar ratos de ocio a la fotografía.

Sin embargo, al mismo tiempo, otros aficionados rechazaban esta fotografía que consideraban “poco seria” –algo así como de segunda-, y preferían trabajar con procedimientos artesanales en sus propios laboratorios, controlando todo el proceso y utilizando recetas complicadas y caras (a base de carbones y gelatinas) que no estaban al alcance de cualquiera y que requerían conocimientos especializados. Solían ser hombres de buena situación económica, modernos, cultos, viajeros y cosmopolitas, suscritos a revistas internaciones y escritores ellos mismos, como Antonio Cánovas o García de la Puente y, en ocasiones, con estudios de fotografía abiertos.

En los últimos años del siglo XX, al calor de los estudios sobre el arte académico de finales del XIX y las nuevas lecturas del mismo, se ha despertado un nuevo interés también sobre estos fotógrafos y su época, y se están dedicando exposiciones a esa “fotografía artística”, como se llamaba entonces, o pictorialista como se prefirió llamarla después, y se están publicando monografías sobre aficionados “distinguidos” como el marqués de Santa maría del Villar o ésta que nos ocupa sobre el abogado y fotógrafo Julio García de la Puente.

En el caso español, estos fotógrafos tienen, además, otro aliciente importantísimo, y es el papel que jugaron en la difusión del paisaje, y el patrimonio arquitectónico y artístico de los lugares en los que trabajaron, y los tipos y las costumbres populares consideradas características. Series de postales, portafolios, libros ilustrados y reproducciones de sus fotografías en la prensa dieron a conocer al público una parte de España que todavía resultaba poco conocida por las dificultades de los viajes, y contribuyeron a formar una imagen idílica y reconfortante de las regiones que fotografiaban. En ese sentido es ejemplar el papel de García de la Puente ilustrando la novela de Pereda Peñas arriba, lo mismo que el de Luis de Ocharan con El Quijote o Antonio Cánovas con ¡Quién supiera escribir!, una de la doloras de Campoamor, temas todos que la autora ha estudiado, relacionándolos, además, con la pintura contemporánea y sobre los que ha publicado un trabajo recientemente (2004).

La vuelta de la romería. C. 1902 (Centro de Documentación de la Imagen de Santander).

Pero la investigación de Manuela Alonso sobre García de la Puente viene de lejos, de los primeros años noventa. Ya en 1994 escribió un artículo (“Julio García de la Puente, la recuperación de un fotógrafo pictorialista”) y desde entonces su figura se ha convertido en algo más que un objeto de estudio para ella. Me atrevería a decir que es casi otro miembro de su familia. Desde que la conozco –gracias a un maestro cántabro siempre dispuesto a apoyar a sus discípulos-, he oído a Manuela hablar de este fotógrafo con la seguridad que da un conocimiento profundo y directo. Ahora, por fin, ha llegado su hora, y con Julio García de la Puente (1868-1957) tenemos la oportunidad no sólo de ver una amplia selección de sus fotografías sino también, y sobre todo, lo que estábamos deseando saber sobre la vida y la obra del fotógrafo, sin olvidar el papel que jugó en los concursos y las exposiciones de fotografía artística y que sólo alguien con el conocimiento de la autora podía darnos.

El libro de Manuela Alonso será una delicia para los que busquen el placer de contemplar fotos “viejas” sin más y para los numerosos aficionados a las tarjetas postales, una amena fuente de conocimiento para los interesados en los paisajes, las tradiciones cántabras o el arte, y un texto serio para los estudiosos de la historia de la fotografía y los debates teóricos que la acompañan.

María de los Santos García Felguera
Universidad Complutense de Madrid
Noviembre de 2005



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