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Introducción Preámbulo que disculpa las deficiencias de este cometido y plan que nos proponemos para exponerlo El empeño que nos preocupa tuvo su principio en un aula de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, la clase de Geografía que se nos encargó que hiciésemos un estudio geográfico y una monografía, cuyo objeto fuera todo el valle de Iguña. Gratísima nos pareció la tarea encomendada, porque nada hay que cause mayor deleite a un montañés que vive lejos de su amada patria chica como el hablar de este objeto de sus amores a las personas que gustosas le escuchan y desean noticias del adorable suelo de Cantabria. El que esto dice nació en un pueblo de este valle que se propone describir, y alejado, casi desde niño, de aquellos parajes, que tantas veces recorrió en sus primeros años, experimenta ahora grata emoción, ante el propósito de evocar los recuerdos de mejores días, y de decir algo que entere a las gentes de que existe en la provincia de Santander un hermoso valle que se denomina valle de Iguña.
Decimos esto porque en distintas ocasiones hemos querido hallar algo que leer acerca de él sin haber logrado nunca satisfacer nuestra curiosidad, pues el nombre de este valle no está en el “Diccionario Geográfico”, de Madoz, ni en otros similares; y apenas se hace otra cosa que citar imperfectamente su nombre y el de los pueblos que contiene en algunas obras bastante incompletas, que tratan, en conjunto, de la provincia de Santander. En otras de carácter general, repetidas veces hemos leído estas palabras: “El valle del Vesaya...”. Tal expresión podrá decirse por vaguedad de concepto, y con relativa verdad retórica; pero no con la precisión y la propiedad que exige la ciencia geográfica, porque ello induce a error, pareciendo significar que el Vesaya forma o recorre un solo valle, y que el valle de Iguña es lo mismo que el valle de Buelna, etc. El que nos sea muy grata nuestra labor estimulará, sin duda, nuestro esfuerzo; pero no disminuirá las dificultades que hallamos para hacer algo aceptable, dada la extensión del asunto, y, sobre todo, la multitud de conocimientos especiales, que son indispensables para hacer una monografía bien hecha. “Para estos trabajos –dice Mr. Jourdan- no hace falta ser sabio, sino buen observador”. Estas afirmaciones no destruyen las nuestras anteriores; y, además, ponen de relieve la necesidad de sorprender la realidad para observarla; y para esto es necesario convivir largo tiempo allí donde la realidad existe, ya viviente, ya inerte o pasiva; pues, no siendo así, ¿cómo poner de manifiesto la fisonomía, el aspecto del valle, tal y como él es en la actualidad?, ¿cómo “mostrar en plenas funciones, en pleno ejercicio de su actividad, este organismo viviente en constante evolución? Es además la geografía una ciencia muy extensa y compleja, por los múltiples aspectos que ofrece al estudio (1); y para cumplir sus fines imprescindible es comenzar el de nuestro valle por su naturaleza física, por su aspecto y configuración, por su suelo, por su clima, etc., factores todos que se complementan, para determinar la condición de sus pueblos. Como mansión y morada de seres vivientes, hay que estudiar asimismo la vida en el valle, su flora y su fauna, subordinadas en todo tiempo y en todo lugar al medio ambiente y a la composición y estructura del suelo que las nutre y sustenta. Condúcenos el conocimiento de la geografía natural y biológica al estudio de la geografía humana; y el estudio del hombre y de sus hechos tan extenso es como difícil y complicado. No vacilamos, por tanto, en calificar esta empresa de muy superior a nuestras fuerzas, y de insuficiente el tiempo y los recursos de que disponemos para realizarla, pero las dificultades, por adversas que sean o hayan sido, no nos arredraron nunca, que en estas montañas de nuestra Cantabria, los cuerpos y los espíritus siempre fueron tan recios como las encinas y los robles de su suelo, que soportan altivos las más violentas tempestades; pues aunque se hallen solitarios en yermo y despoblado, para ellos lo mismo es el huracán que “el leve soplo de la brisa suave”; el hacha vil y traidora o el fuego de la mano inculta son os únicos enemigos que logran abatirlos. No es esto un alarde. Tal vez parezca una queja. Reconocida a priori la magnitud y la dificultad de nuestro cometido, claro está que no tenemos la pretensión de redactar un trabajo perfecto y acabado. Aportar algún dato nuevo, útil para la geografía o para la historia de nuestra patria; contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, a que de todos sea más conocida nuestra amadísima Tierruca son los principales estímulos que nos animan. Al intentar el cumplimiento de estos propósitos tal vez omitamos algo importante, dada la precipitación con que ha de llevarse a término este trabajo; y alguna vez pareceremos prolijos y minuciosos, pero el detalle es esencial a la monografía y algo así es lo que intentamos escribir. Holgado es decir que, en nuestras descripciones y referencias, procuramos proceder con serenidad y justicia, lenitivos que han de ser a la vanidad y al patriotismo que pudieran sugerir ideas falsas de la realidad. Sin embargo, ¿hay algo más disculpable que el amor, en todas sus manifestaciones? Y es fama remotísima y justificada que los cántabros amamos con ardor a nuestras montañas y a cuanto encierran: Silio Itálico hizo gloriosos elogios de este patriotismo, como atestiguan estas palabras. “Cantaber... mirus amor populo”* * “Los que llevaban la primacía eran los cántabros, hombres que no se doblegan ni al frío, ni al calor, ni a el hambre, y para quienes todo lo arduo leva siempre la palma. Es admirable su amor por su patria, y cuando ya los años van encaneciendo sus sienes y se ven condenados a la paz y a una vida inútil para las armas, no pudiendo aguantarse así se precipitan de un peñasco, porque su máxima dominante es: que el hombre ha nacido únicamente para la guerra, y que es una condenación vivir en la paz” Diccionario Geográfico Histórico de la España antigua (Madrid, 1835, pág. 345 y 353) por don Miguel Cortés y López, Académico de la Real Academia de la Historia. Pues esto queremos que sea nuestro trabajo. Una prueba de amor que sometemos gustosos a la benevolencia de nuestros queridos profesores y quedaremos muy pagados y satisfechos si logra su aceptación. El plan que nos proponemos seguir se ajustará en lo posible a las obras de Mr. C. M. Jourdan –Las Monografías de Aldea (1903)- y Mr. Jean Bruñes –La Geographie Humaine (París, 1912)-, y consistirá en ir exponiendo nuestro asunto en tantos capítulos como temas distintos hayamos de estudiar, siguiendo el orden que nos parezca más natural; y es lógico que el primero de ellos sea el correspondiente a la descripción física, subdivido, como los demás, en varias secciones.
Como el valle tiene tres ayuntamientos y más de veinticinco pueblos, lugares o aldeas, para el estudio de su geografía política, nos parece lo más conveniente seguir el orden de un viaje ideal, de sur a norte, por los caminos que existen en la actualidad; de tal manera que pueda nuestra ruta servir de guía a quien intente confrontar nuestras descripciones, que serán hechas a grandes rasgos, para que este capítulo, si es posible, no aparezca interminable o pesadísimo. Por tal propósito, diremos solamente lo más interesante que haya llamado nuestra atención en cada uno de los pueblos que visitamos. Al tratar de la Psicogeografía, nos detendríamos un tanto en los fenómenos del lenguaje peculiares del valle. Este estudio merece más espacio del que podemos dedicarle. Ordinariamente, por sobra de presunción o de incultura, se avergüenzan algunas gentes de usar ciertas palabras que usa el pueblo, calificándolas de regionalismos y provincialismos, cuando no de disparates o de barbarismos; y alegan, que tales palabras no están en el Diccionario de la Real Academia Española. Tal razón nos parece cándida y pueril. En el Diccionario de la Real Academia hay muchas palabras que no son castellanas, ni españolas, que no lo han sido –ni probablemente lo serán nunca- y que fueron introducidas en él, con harta ligereza, para detrimento de nuestra rica y hermosa lengua, sólo porque algún mal traductor las importó del extranjero con alguna novela, o las escribió en algún discurso periodístico. Tales palabras sí que son los verdaderos barbarismos del idioma castellano; pero nunca serán barbarismos ni disparates las voces usuales y corrientes que el pueblo gasta, siglo tras siglo, como se gastan los cantos, que van perdiendo los picos y las aristas a fuerza de rodar. Tales palabras, hijas con frecuencia de otras, que tampoco tuvieron el honor de verse incluidas en el Diccionario, porque el Diccionario no existía, merecen más respeto y más estudio: herencia de remotas edades, subsisten a través de los siglos y habremos de trasmitirlas a las generaciones venideras. En las voces de nuestro lenguaje perdura, como encadenado, el espíritu de nuestros lejanos antepasados: por ellas sabemos cómo hablaron y cómo pensaron; y la filología comparada nos dice hasta quiénes fueron y de dónde vinieron. Son, por tanto, las palabras monumentos de gran valor para la historia, como las costumbres y las tradiciones; y bien merecen nuestra atención; por eso hemos escrito en estas páginas todas las que recordamos haber oído en la conversación ordinaria, y las referentes a lugares, sitios, mieses, praderas, etc., y que forman la toponomástica del valle; pues, estudiada su etimología, seguramente se verá en alguna la huella de los primitivos pueblos orientales, prehistóricos, colonizadores de España. Finalmente, entra también en este proyecto dedicar el último capítulo a la historia del valle: es su redacción lo más difícil que hemos podido intentar, dada la escasez de datos históricos, acerca de los pueblos antiguos; y dado el monopolio egoísta y punible, que, ciertos señores, al pretender pasar por sabios o por eruditos, ejercen sobre algunas fuentes históricas, en muchos casos mal adquiridas, las cuales debieran hallarse custodiadas en los Ayuntamientos, en las parroquias o en los concejos, de donde fueron sustraídas, o en el Archivo Histórico Nacional; pero nunca en casas particulares, donde sólo se puede entrar con autorización judicial, en persecución del delito. Y este delito es tanto más grave y punible, porque frecuentemente, como es notorio, tales documentos y objetos de archivos y museos particulares van a parar, por una vergonzosa dádiva, a manos extranjeras, a Francia, a Inglaterra, a Alemania o a los Estados Unidos; y así la patria española se va quedando hasta sin historia. Expuesto lo que antecede para satisfacción propia, justificada la causa de nuestro propósito, y disculpadas las deficiencias que forzosamente ha de tener nuestra labor, un tanto enciclopédica, y susceptible de ampliaciones y de enmiendas, damos comienzo a la misma, dejando a un lado lo difícil de la empresa, y escribiendo solamente sobre los conceptos más obvios, convencidos de que el resultado no será en vedad otra cosa que un acervo incompleto de materiales, que den margen a otra labor más amplia y ordenada.
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