En un rincón de la cabeza, uno de los más bonitos y pausados de ese gris laberinto, tengo almacenado el olor a vino tinto mezclado con humo, el tacto del tapete verde y los garbanzos usados como amarracos en una partida de la flor. Veo el gesto impetuoso y escucho la voz firme de mi abuelo en el momento de elevar hasta ochenta el envite de un contrincante en la partida, tirando sus dos naipes sobre la mesa. La escena pertenece a ese tipo de recuerdos apenas presentes en el día a día pero marcados a forja en la conciencia y la forma de ser de cada uno. Leo ahora este libro escrito por mi padre –partícipe también de algunas de aquellas partidas, muchos años antes de que yo naciera- y me encuentro en él descrita exactamente esa misma escena. No puede evitar un leve escalofrío y una media sonrisa al revivir esos momentos de la infancia, observador silente y apasionado de aquellas amistosas reyertas de taberna, repetidas durante más de medio siglo por los mismos protagonistas.
Empecé a leer el libro que tiene en sus manos el lector, además de para realizar una burocrática labor de corrección de erratas, para saber a qué había dedicado los últimos tres años el apasionado autor. Digo bien que empecé: a medida que avanzaba en sus páginas, se iba condensado en mi interior un sentimiento que cristalizó en ese escalofrío al leer la escena de la partida de flor. En ese momento supe de verdad por qué estaba leyendo, el mismo porqué que observará el lector: volver a disfrutar de todos esos momentos. De las pescas anunciadas a posteriori (sólo si fueron bien, claro está); de los preparativos de las fiestas y las caminatas a la romería; del baile y el enigma del cinematógrafo; de la escuela de la posguerra, con sus maestros liberales o conservadores y con las travesuras de los niños con alma de todas las épocas; de la siega con dalle y el sacrificio pagano del chon; de los duelos eternos, la sábana limpia para la enfermedad y los besos furtivos en el panojal. Quizá el lector que vivió esos años tenga un punto de alegría al constatar que, por mucho que traten de convencernos, hoy en España no hay dos bandos que separen a vecinos, y mucho menos a familias. Tal vez sienta dos o tres gotas de nostalgia, por aquellos tiempos en los que la mar daba respeto –si no miedo-, ahora que hay que poner rocas para que los coches no invadan el prao de encima de la playuca. Verá ese lector una ingente colección fotográfica, en la que reconocerá personajes –quizás se verá él mismo-, lugares y tiempos. Volverá a oír las voces, ese sonido único del habla de la zona y de la época. Aquí reside, a mi entender, uno de los mayores aciertos del libro: la transcripción del lenguaje tal y como se pronunciaba, y se sigue pronunciando en ocasiones. No creo que nadie nacido aquí sea capaz de pronunciar la “d” de prado.
También los lectores más jóvenes, de hoy del futuro, tienen un motivo para sumergirse en estas páginas. El libro sirve como testimonio, como reflejo de la vida de la zona (de Galizano, de Ribamontán al Mar, de todo Trasmiera) en un tiempo no tan lejano en que se vivía de las vacas y de los campos. Hoy se abre paso al turismo, las comunicaciones vuelan y un pueblecito como Galizano tiene tres veces más habitantes que hace apenas quince años. Las cosas cambian, pero siempre hay un fondo que permanece. En este libro se cuentan, con el amor del que las ha vivido, historias de las que nos queda un eco, una reminiscencia en el alma, un poso ajeno a la razón que nos marca en lo que somos. Dijo Machado que el camino son las huellas. Las nuestras, las primeras, parten de allí: de lo que se narra en este libro. Conozcámoslas.
Marcos Ezquerra Presmanes