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La tudanca, vaca sagrada Por Jesús Garzón Heydnt “En estos valles conservan y cuidan sus moradores un tipo de vaca ágil y fuerte, sobria y resistente... que se mantiene en pastos tan escabrosos que parecen más propios para cabras que para animales del volumen y exigencia del vacuno.” Actualmente sobreviven en España 30 razas vacunas autóctonas, que se corresponden casi exactamente con las diferentes etnias celtíberas que describieron, hace más de 2.000 años, los geógrafos griegos y romanos. En todo el planeta existen unas 800 razas distintas de vacas pero, de todas ellas, la tudanca es la única raza del mundo que ha conservado hasta nuestros días las características del uro primitivo, que pintaron hace 15.000 años los cazadores en nuestras cuevas cantábricas: toros negros con hocico blanco y cinta clara en el lomo, vacas grises, tasugas, de color tejón y los terneros, de color avellana. Como nacida del choque de continentes que originó el macizo grandioso de los Picos de Europa, la vaca tudanca habita ese espacio mágico de cumbres y valles donde la nieve, el hielo y la lluvia pueden elegir entre ocho ríos y tres mares diferentes para discurrir por nuestra Península: por el Ebro hacia el Mediterráneo; por el Esla, el Pisuerga y el Carrión hacia el Atlántico y por el Deva, el Nansa, el Saja y el Besaya hasta el Cantábrico. No llega la primavera a los valles occidentales de Cantabria porque florezcan los avellanos o canten los miruellos en los bardales al atardecer. Llega con un concierto de campanos que comienza súbitamente en las distantes praderías de las laderas, despierta ecos dormidos en las umbrías y repica en las portaladas de las casonas y en las calles de los pueblos. Son las tudancas, que alegres y delgadas abandonan por fin los invernales, rebrincando asustadas de sus propios cencerros recién puestos y del chasquido de las pulidas cebillas de fresno, que las aprisionaron al pesebre durante el mal tiempo.
Y cuando el desnieve inunda los cauces y los salmones remontan las corrientes para desovar en las aguas limpias de las pozas cimeras, también las vacas tudancas ascienden por las camberas hacia los seles y las brañas, entre robledales y hayedos engalanados con sus hojas nuevas. En los puertos altos pasarán el verano, aprovechando los finos pastos de las cumbres tras fundirse los neveros, paciendo junto a corzos, ciervos y rebecos, siempre alertas al lobo y al oso que pueden robarles el ternero en días de niebla o noches de oscuridad. Pero las tudancas no están solas. Velan por ellas vaqueros y sarrujanes, ancianos curtidos por los vientos y los fríos, en años incontables de mudás, de subidas y bajadas entre los invernales de la marina y los puertos de las montañas, o jóvenes y niños, que acompañan jubilosos a sus padres o abuelos en su primera aventura lejos de casa. Han crecido entre las cornamentas astifinas de las tudancas, subiéndose a los pesebres para repartir la ceba de las vacas y escuchando de las mayores historias mágicas de los puertos lejanos. Con cuanta emoción aprenderán ahora los caminos, las fuentes, los abrevaderos, los mojones de los términos, los nombres de los séles, de las brañas, de los midiaderos, de los picos de las montañas... En la pasá por los pueblos y los barrios del recorrido, los jóvenes también conocerán a parientes y amigos de la familia y alguna mozuca enamoradiza esperará con ilusión el regreso de aquel zagalón que arreaba tan gallardo las díscolas novillas zagueras:
canta un brañero, que de mudar vuelve, con el lucero... Tampoco él olvidará fácilmente las atenciones recibidas y como contestando a través de los siglos y de la distancia a los salmos hindúes entonados en las estribaciones del Himalaya, la respuesta del vaquero cántabro se alzará, rotunda e irreverente, desde las laderas de Peña Prieta o de Peña Labra:
Pero sisé que vinió, esa jarruca de leche que aquella moza me dio... Desde hace muchos siglos, los puertos altos de Cantabria han constituido durante los meses de verano un espacio cultural importantísimo para el encuentro entre ganaderos de muy diferentes orígenes. Vaqueros, yegúeros y cabreros de las cinco provincias limítrofes acudían aquí con sus animales para aprovechar la abundancia de pastos y de agua de las cumbres. Pero llegaban también pastores desde regiones lejanas, como Extremadura o La Mancha, tras muchas semanas de caminar atravesando España con sus rebaños de ovejas merinas por las cañadas reales. Estas concentraciones veraniegas en las montañas obligaban a compromisos y acuerdos, al establecimiento de normas comunes que evitaban conflictos y garantizaban el aprovechamiento óptimo de los recursos naturales, aunque no faltasen ramalazos de sano orgullo vecinal entre los paisanos de las diferentes vertientes de las montañas:
sacó el Rey sus consejeros, del condado de Pernía, Pastores y borregueros. La convivencia armonizaba los diferentes dialectos locales, enriqueciéndolos con aportaciones de nuevas palabras, giros, dichos y refranes, uniformaba los pesos y las medias, fomentaba el intercambio de productos y conocimientos, de historias y leyendas, acertijos, músicas y romances, canciones y visiones de otras tierras, con galernas y acantilados batidos por el oleaje, o con mares de espigas mecidos por la brisa en llanuras inmensas. Se forjaba aquí en definitiva un idioma y una cultura compartida hoy día por más de 500 millones de personas en el mundo.
Otro gremio de gran trascendencia para la difusión de la cultura y la lengua fueron los carreteros que llegaban hasta los parajes más recónditos transportando todo lo necesario. Millares de carretas, aguzadas como traineras y tiradas por las hermosas y ágiles parejas de tudancas, surcaron hasta hace apenas un siglo los caminos entre la meseta y la marina, constituyendo la base del comercio de Cantabria con sus regiones vecinas. El desarrollo económico de Santander y Cantabria, exportando productos de España hacia las Américas y distribuyendo los “ultramarinos” por nuestro país, sólo fue posible gracias al esfuerzo de las poderosas parejas de tudancas y de los carreteros montañeses, abnegados hasta el sacrificio para prodigar a sus animales los mejores cuidados:
y a las tres de la mañana, se levantan a dar pienso los carreteros de fama... En su trajinar incesante por los pasos siempre difíciles de la cordillera, con nieblas, lluvias y barro, nieves y heladas, solo, moscas y polvo, tampoco faltaba ocasión para darle merecido descanso a las parejas y entablar relaciones de amistad en los pueblos y caseríos de los caminos. Y al regreso se inundaban los valles de una música primera compuesta por el canto melancólico de los ejes, al que se acompasaban las sentidas tonadas de los carreteros:
ni moza que no me quiera... A pesar del gran parecido con sus antepasados salvajes, y de su vida en total libertad en los montes durante gran parte del año, las vacas y los toros de raza tudanca son increíblemente dóciles y nobles, gracias a la cuidadosa selección, al mimo y al cariño que han recibido durante tantos siglos por tantas generaciones consecutivas de ganaderos montañeses. Cuando en las mañanas brumosas del otoño se escucha la llamada sonora del vaquero, que ha subido hasta los puertos para recoger sus vacas, emociona ver la asomá de sus siluetas soberbias, como jirones de niebla, desgajándose de las laderas. Acuden desde gran distancia, mansas y tranquilas, hasta el amigo que las nombra, dejándose acariciar las ubres, el lomo, el cuello, la frente y la encornadura, reconociéndose mutuamente y siguiéndole luego por las veredas hasta los invernales del valle. Con cuanto orgullo escuchará resonar los campanos de sus vacas atronando las calles de los pueblos por los que pasa, saludando alegre a los conocidos y contestando, prudente y socarrón, a los curiosos que le preguntan cuantas lleva: pues... ¡todas!
trae buen toro y buen perro, y las crías bien tratadas, que es la fama del vaquero. Pero la alegría y el orgullo por el trabajo bien hecho y la obligación cumplida en tantos días y noches de bregar con el ganado, con el estiércol, con la hierba en los montes, en los prados y en los invernales, con nieves y vientos, calores y heladas, pueden verse truncadas súbitamente por decisiones y normativas adoptadas en lejanos despachos sin consideración a la importancia incalculable del patrimonio que gestionan. Miles de vacas tudancas, las mejores cabañas de los más afamados ganaderos un tercio prácticamente de las existencias actuales a nivel mundial han sido sacrificadas este año en aplicación de medidas sanitarias preventivas. De seguir así, el exterminio de la raza y la desaparición de la cultura y de los paisajes que ha generado puede ser irreversible en breve plazo.
La vaca tudanca es un bien cultural único en el mundo, y así debe ser considerada: como un símbolo fundamental de la identidad cántabra, que durante tantos siglos ha contribuido a santificar cumbres y puertos, fuentes, ermitas y humilladeros y donde tantas generaciones de vecinos han sentido la unión y la emoción de un sentimiento común, profundamente ligado a sus vivencias, a su tierra y a su historia en las ferias, en las pasás, en los arrastres y en tantas otras manifestaciones indisolublemente ligadas a esta raza primitiva y hermosa. Su interés etnográfico, científico y técnico, su importancia para la conservación de los paisajes y los ecosistemas más característicos de Cantabria la hacen acreedora de protección urgente y especial, de acuerdo con las leyes del Patrimonio Histórico Español y del Patrimonio Cultural de Cantabria, con la Directiva Europea del Hábitat y con el Convenio Internacional para la Biodiversidad, sucrito por España, que exige el respeto, la conservación y el mantenimiento de las comunidades locales que entrañan estilos tradicionales de vida pertinentes para la conservación y la utilización sostenible de la diversidad biológica. Cabuérniga, a 22 de agosto de 2005 |
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