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En el pasado mes de septiembre, con motivo del Congreso Internacional de Bolos y Juegos Tradicionales, contamos en Santander con la presencia del profesor Pierre Parlebas, de la Universidad La Sorbona de París, seguramente el especialista número uno a nivel mundial en juegos y deportes tradicionales. En la “Enciclopedia de la Cultura Catalana”, Parlebas dice que el juego es una especie de emblema de una cultura, de ahí que el tener conocimiento profundo de las prácticas lúdicas es un elemento importante del conocimiento de una sociedad. Los juegos de bolos, y muy especialmente nuestro bolo palma o bolo montañés, afrontan el siglo XXI con una clara transformación en disciplina deportiva, con sus normas y reglamentos de juego, de competición, de disciplina..., reguladores todos ellos de una actividad que no hace tantos años estaba simplemente ligada al entretenimiento, al ocio, en las boleras de nuestros pueblos, cuando al atardecer el sol perdía su fuerza y los obligados y duros quehaceres permitían un respiro y los más viejos del lugar interpretaban, siguiendo los cánones de la tradición secular, las dudas que el desarrollo del juego planteaba. La actividad bolística actual, con sus distintas competiciones de equipos, con sus consiguientes categorías y grupos, los campeonatos oficiales, los circuitos y los concursos, bien por las fiestas o por el generosos patrocinio de algún mecenas o firma comercial, puede decirse que es muy intensa, llegando a estrangular un calendario que no encuentra huecos para tanta actividad y que reduce el descanso de los jugadores, y de los aficionados, a los dos o tres meses del puro invierno, siempre favorecidos por la tenencia, cada vez más abundante, de boleras cubiertas que nos protegen totalmente de la lluvia y un poco del frío, aunque no tardaremos en contar con agradable calefacción en alguna de ellas. De toda esa actividad dan cumplida cuenta todos los medios de comunicación, tanto la prensa escrita, como la radio, internet y últimamente, con gran despliegue, las cadenas locales de televisión. A la vista de todo ello, alguien ajeno a nuestra cultura bolística pudiera llegar a deducir que ahora que los bolos son deporte se juega mucho más que antes cuando eran solamente un juego. Es cierto que ahora somos capaces de reunir a más de seis mil personas en un Palacio de Deportes para presenciar el juego de nuestros más destacados ases en el Campeonato de España, sin olvidar las decenas de miles que lo siguen cómodamente desde sus hogares gracias a la televisión, pero no es menos cierto que muchas boleras de nuestros pueblos están abandonadas y que ya no se juegan aquellos desafíos y aquellas largas partidas a los gananciosos. Antes se iba a la bolera a jugar y ahora vamos a ver cómo juegan. Antes se jugaba en todos los pueblos, teniendo que esperar pacientemente el turno, y ahora, con algunas excepciones, los aficionados de un pueblo trabajan para conseguir un presupuesto con el que mantener a la peña y a los jugadores que a ella representan previo pago del fichaje pactado. El trabajo que en esta obra nos presenta Miguel Ángel Saiz en un buen ejemplo de toda esta transformación sufrida por los bolos en los últimos años, en este caso referida a la amplia comarca de Campoo, alto Besaya y valles adyacentes, antes rica en actividad bolística y ahora mantenida esencialmente, y afortunadamente desde hace mucho tiempo, por el concurso de San Mateo, la peña Ebro y, en los últimos años, por la animada presencia de las chicas en el municipio de Campoo de Yuso, actividad de la que en buena medida es responsable el autor de este libro. Para recuperar el tiempo perdido, aunque nada vaya a ser lo mismo ni se pretende, es necesario contar con el apoyo de las instituciones oficiales en sus diferentes niveles, ayudas que me consta ya se producen en los casos citados de la comarca campurriana pero que tienen que ser aún más decididas y decisivas. Desde el Gobierno Regional a los Ayuntamientos, sin olvidar a las Juntas Vecinales, se hace precioso recuperar nuestro juego autóctono por excelencia. No se trata solamente de jugar por competir, sino recuperar el jugar por el simple placer de hacerlo, de pasar el tiempo. Es aquí donde más camino por andar nos queda a todos, y es una labor más apropiada de los entes municipales, que para eso cuentan con concejales de Deporte, que de las propias peñas, que tienen su función más encaminada a la organización y participación en las competiciones. Tomase como ejemplo el trabajo que se está haciendo en los últimos años en Ucieda, Puentenansa, Astillero o Ribamontán al Mar, en donde organizan ligas de jugadores aficionados, de los distintos pueblos, con sus propias normas de competición adecuadas a las circunstancias y peculiaridades de los participantes y de su entorno familiar y social. Bien sea por mi interés en conocer las costumbres de mi tierra o bien por el origen campurriano de mi apellido paterno, tuve hace muchos años ocasión de leer las novelas costumbristas de José Calderón Escalada, cura párroco de distintas localidades campurrianas, y conocido con el sobrenombre de “El Duende de Campoo”. Como en otras ocasiones, busqué en esa lectura las referencias a los bolos y puedo decir que, a pesar de ser un escritor prolífico, son escasas las referencias a nuestro juego y más lo hace como una cita circunstancial que como una descripción de una partida o desafío entre los mozos de un mismo pueblo o, aún más interesante, con los vecinos del pueblo de al lado, por ver quién paga la cántara de vino que se ha puesto en juego o se lleva los amores de una guapa moza que anima a los contendientes con su presencia en la bolera. Lo mucho que he podido encontrar es una descripción del concurso de San Mateo en una colaboración realizada para “El Diario Montañés” en los años sesenta: El día, radiante de sol, como pocos, al extremo de hacer grata la sombra espesa del parque de Las Fuentes; el cutío de las bolas, como decía un montañés de abajo, amorosu y suave que daba gusto; la gradona, de algún modo hemos de llamar al ribazo donde la gente, para ver bien el juego, se arracima y se acomoda como puede... Menos conocido es el reinosano Francisco del Hoyo González, coetáneo del anterior, que nos describe en verso un desafío bolístico y que conocemos gracias al excelente quizás poco reconocido trabajo recopilación de Ignacio Aguilera y Joaquín Oria en su obra “Los bolos en la literatura montañesa y en las artes plásticas”: ... y animosos, al instante/ marcharon a la bolera/ cavilando en la manera / de vencer al contrincante./ Sidrucu, el más veterano/ lanzó la perra; José/ pidió cara; acertó y fue/ con tres bolas a la mano./ Marcó la raya el primero/ puso el emboque al pulgar/ y el otro antes de tirar/ ¿qué vale? Dijo altanero ... Pues bien, y concluyendo, que si queremos saber algo más de los bolos en Campoo y alrededores no nos queda más remedio que consultar este trabajo realizado pacientemente por Miguel Ángel. Hace unos años me comentó sus intenciones de realizar este trabajo y le advertí de lo necesario del mismo y de las dificultades que se iba a encontrar, especialmente aquéllas que atañen a su publicación, porque en este país se leen pocos libros, se venden menos y si son de bolos para qué te voy a contar, pero parece que tiene buena madera y con tesón ha sabido llegar hasta nosotros con un trabajo digno de elogio y que cumple ampliamente dos objetivos: por un lado, dar a conocer lo que han sido los bolos a lo largo y ancho de los últimos casi cien años en la comarca campurriana, algo que servirá tanto para los que lo desconocemos totalmente como para aquéllos que han sido protagonistas más cercanos de ese acontecer bolístico; y por otra parte, y creo que aún más importante, agradecer a esos protagonistas, las más de las veces auténticos desconocidos, algunos presentes y otros desgraciadamente ausentes, que gracias a su esfuerzo nunca justamente reconocido, que gracias a las muchas horas que dedicaron a los bolos, hoy estos siguen retinglando en Campoo. Solamente me resta felicitar a Miguel Ángel por su trabajo, animarle a continuar porque sé que hay más material en su amplia e ilusionada agenda y agradecerle el haberme permitido con este escrito a modo de prólogo ser el primero en aparecer en este libro, cuando el mérito real está en las líneas que me siguen, que espero sean de animada y grata compañía, aderezadas con muchas anécdotas y no menos interesantes documentos gráficos. José Ángel Hoyos Perote
Seguramente todos reconoceremos que la principal manifestación lúdica de cualquier civilización conocida se ha expresado a través del juego. Individual o colectivamente, sus individuos, valiéndose de los elementos y espacios más simples encontrados a su alcance, se las han ingeniado para transformarlos en diversos artilugios y campos para su divertimento. El primer humano que arrojó un canto, con la intención de ejercitar su puntería sobre un tronco, palo, piedra, etc., puso en marcha un entretenimiento que, con el devenir de los tiempos, derivaría en las diversas modalidades bolísticas. En las aldeas de la Merindad de Campoo, en la Cantabria del Sur, este primitivo esparcimiento orientó a sus moradores fundamentalmente hacia dos fórmulas de práctica del juego de los bolos: el pasabolo tablón y, en especial, el predominante bolo palma, llamado también montañés. Preponderadamente, pues, en todos los municipios campurrianos, incluso en áreas del norte palentino colindante, se han desarrollado de forma exclusiva la modalidad de bolo palma. El tipo llamado pasabolo únicamente ha prevalecido en Valderredible, sobre todo en la margen izquierda del río Ebro. Así mismo, algunas poblaciones de Las Rozas de Valdearroyo, Valdeprado del Río y Campoo de Yuso han contado con algún carrejo. Como consecuencia de la lenta agonía de nuestro juego, ha arraigado entre las nuevas generaciones que la “cosa” de los bolos en Campoo nunca llegó a cuajar suficientemente. Piensan que ha pasado de puntillas sin apenas haber dejado un sencillo poso en la vida cotidiana de sus habitantes. Nada más lejos de la verdad. En torno a las numerosísimas boleras que siempre hubo en nuestra comarca, las relaciones sociales entre los vecinos dispusieron un lugar de encuentro de primer orden. Innumerables fueron los bailes que, al son de la cantarina pandereta, acogieron en su recinto después de una tarde de bolos. ¡Cuántos “arriba a los gananciosos” se lanzaron al aire para intentar asombrar a las mozas o a las novias! Y qué me dicen ustedes de los populares “blancos” y jarras de vino a la salida de misa, donde el mismísimo cura se convertía en un correoso jugador a la hora de echar la partida en el corro contiguo a la iglesia. Plaza ésta también frecuentada para tratar los asuntos concejiles del común y perfecto refugio, igualmente, de los “dimes y diretes” aldeanos, no siempre bien intencionados. No cabe ningún género de duda sobre la antigüedad del disfrute bolístico en la comarca. Don Diego de Mier y Terán, cura de la iglesia San Sebastián de Reinosa, por el año 1765, informa que en el parque de Las Fuentes “se ha dispuesto un juego de bolos para diversión de los caballeros, eclesiásticos y otras gentes de forma”. Los escritores costumbristas locales no permanecieron ajenos a la circunstancia bolística. Las páginas de sus libros se impregnaron adecuadamente del sabor típico de nuestro principal deporte vernáculo. Nadie como ellos para narrar la emoción expectante que precede a un estacazo; maestros para relatar la intensa emoción provocada entre el público y los jugadores la consecución de un emboque. En el presente trabajo se tratará solamente de la parte humana que interviene en el juego de los bolos, es decir, las peñas bolísticas, los jugadores, los aficionados y los árbitros. La historia local, los concursos y campeonatos, las boleras o corrobolos, la literatura, las anécdotas, etc., por la extensión de la publicación que tienes entre las manos, no han podido alojarse en este volumen. Espero que algún día pueda transmitir los conocimientos sobre estas materias por medio de otro libro. Para la elaboración de esta obra se han empleado tres años. Las larguísimas horas en la biblioteca Menéndez y Pelayo de Santander, las entrevistas personales con prácticamente todos los estamentos, jugadores y aficionados de la región campurriana relacionados con el mundo de los bolos, la dificultad de localizar fotografías, etc., da fiel testimonio del enorme tiempo derrochado y del arduo esfuerzo realizado. Considerándome un profundo amante de los bolos, expongo esta propuesta con el deseo de que disfruten los bolísticos con cada una de estas páginas. Aprovecho la ocasión que me brinda la confección del presente texto, para solicitar a los lectores que posean fotografías, tanto antiguas como modernas, relacionadas con el mundo de los bolos, que, si es posible, hagan el favor de facilitármelas con la finalidad e intención de crear un archivo monotemático referente al asunto que nos ocupa e ilustrar posteriores obras. El autor |
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