Torrelavega Rock City


AUTOR:

Manuel Quintana Ortíz.

COLECCIÓN:
- -
EDITORIAL:
Cantabria Tradicional.

ISBN
AÑO
PÁG.
TAMAÑO
ENCUADERNACIÓN
84-96042-36-7
2006
256
150 X 205
Rústica
18,00 €





 

Esta novela de Manuel Quintana Ortiz, con prólogo de Manuel Teira Cobo, nos lleva a unos años, los 80, no muy lejanos pero ya en el pasado, y a una ciudad, Torrelavega, que al igual que muchos otros puntos del país en esa época vivió un esplendor musical que hoy en día todavía es un punto de referencia. Asistiremos, leyendo sus páginas, a las peripecias rockeras de un grupo de jóvenes que han puesto sus sueños en el mundo de la música, y recorreremos de su mano la Torrelavega de entonces. Un libro en el que muchos se sentirán reconocidos y que nos hará disfrutar de la “movida rockera”.




La década de los 70, en lo que a música se refiere, se inicia en el ámbito anglosajón como la continuidad de los años finales de los prodigiosos sesenta. El rock ha madurado, se aleja del pop más sencillo y alegre, y busca nuevas formas y caminos a través de experiencias de sonido sustentadas en la ampulosidad instrumental. A excepción del glam, que mantiene el carácter frívolo y persiste en los ritmos machacones, las letras fáciles y las canciones pegadizas, y el sonido Motown, fiel a las raíces del soul y el funky, la gran mayoría de los grupos que protagonizan el quinquenio 72-77, ya militen en el heavy y hard, ya lo hagan en el progresismo sinfónico o en la fusión de los que quieren acercarse al jazz, condicionan su sonido a derroches de virtuosismo, alardes escénicos y sobredosis de aparato. Todo ello condimentado de inspiraciones oníricas, de mundos alejados y fantásticos, irreales, ya fueran nacidos de la pluma de Tolkien o la máquina de escribir de Asimov. Ahí estuvieron plantados Yes. Y ahí terminaron, también, Led Zeppelin.

Los grandes grupos, abocados a giras infinitas y ventas multimillonarias –fue precisamente a principios de los 70 cuando por primera vez la industria del disco se pone en volumen de ventas a la cabeza del sector del entretenimiento, por delante de las editoriales y los estudios cinematográficos– se alejan de su público, viviendo en una torre de marfil que nada tiene que ver con la cotidianeidad de los barrios y calles de las grandes urbes, con los problemas de los jóvenes para encontrar una salida a situaciones de desesperanza.

La crisis del petróleo del 73, que aboca a Occidente al momento económico más difícil después de la II Guerra Mundial, y que incide de manera directa en la industria discográfica –el vinilo es un derivado de aquél– no hace sino acrecentar esta ruptura. Los jóvenes tienen menos perspectivas, menos futuro, y los ídolos del rock, sin apenas competencia –ya que las multinacionales no arriesgan en nuevos productos o valores y prefieren consolidar y potenciar a las bandas que saben que son un seguro de ventas–, se enquistan para volverse dinosaurios.

El punk, en la segunda mitad de la década, será la revolución nacida de los suburbios en un intento por regenerar el rock. Aunque fuera Malcolm McLaren, desde su boutique, Sex Pistols –que después daría nombre al grupo–, el ideólogo de este movimiento y no ocultara sus intereses comerciales, la respuesta habida en los barrios y ghettos de las ciudades inglesas, alemanas, holandesas, no deja de sorprender. Al grito de “No Future” millones de jóvenes de Occidente se adscriben a un movimiento decididamente rompedor en lo estético, en lo musical, en lo político y en lo cultural. Aunque su calidad es escasa, o nula, y muchos de los grupos que militaron en el punk renegarán del movimiento una vez hubieron firmado un contrato con una multinacional –Stranglers, Boomtown Rats, Ultravoz, o los propios Police–, no cabe duda que éste marca un punto de inflexión definitivo en la evolución del rock, con una regresión en las formas, una vuelta a los orígenes, la sencillez por bandera y el todo vale en los proyectos... y un compromiso renovado con la realidad cotidiana de las calles.

Spain is diferent. O eso al menos proclamó en los sesenta desde el entonces Ministerio de Información y Turismo, intentando esconder la autarquía obligada, la falta de libertades y la España profunda bajo un sello de singularidad que hiciera de reclamo a turistas ávidos de sol, toros, procesiones y vino barato.

Y en la música también.

Independientemente de la ampulosidad, exaltación del virtuosismo y desconexión con la realidad, el rock de la década de los 70, sobre todo en Inglaterra, destaca por su calidad y deja para la posteridad algunas de las joyas imperecederas que adornan el devenir musical. A la sombra alargada y rotunda del “Sargent Pepper’s”, y su nueva concepción de los discos como un todo integrado, ahí quedan piezas imprescindibles, de una belleza incomparable.

Eso, en España, no pasa. En los 70, el rock, y subrayo lo de rock, se mueve en una vorágine de política e intento de búsqueda de una identidad propia, el llamado rock con raíces, que da como resultado una empanada mental de pobres resultados. Dejando a un lado la nostalgia, los sentimientos vividos al compás de aquellas músicas, la vitalidad y compromiso de la transición, la verdad, con la frialdad que exige la objetividad, pocos son los momentos sobresalientes que el rock nacional dejó en aquellos años. Y de grupos que entonces se pintaron como señeros –Iceberg, Dharma, Granada... – hoy apenas se acuerda nadie.

Y, sin embargo, con la llegada del punk, todo cambió. La irrupción en el panorama musical de Kaka de Luxe fue como una revelación, un Pentecostés que, a la sombra de la Movida, habría de suponer un auténtico renacimiento de la música pop española. De la disgregación de estos surgieron Alaska y Los Pegamoides, Parálisis Permanente y Paraíso. Reapareció también Radio Futura, Zombies, Burning, Nacha Pop, Gabinete Caligari, Derribos Arias, Glutamato YeYé, Los Nikis, Los Secretos... y, sobre todo, canciones, himnos de una generación. Instantáneas de la calle y el Rockola. Un terremoto fértil y dinámico en torno al cual se arrebujaron fotógrafos, cineastas, dibujantes...

La paradoja de un verdadero renacimiento cultural y social para una ciudad, Madrid, que había sido anulada por el feroz centralismo que ella misma impuso durante cuatro décadas.

Desde que sonó por primera vez la vibración eléctrica de una cuerda de acero en esta ciudad, Torrelavega se sintió decididamente abierta a los nuevos ritmos de acento anglosajón. Desde Los Astros hasta Bloque, pasando por Los Zapatas y Jaque Mate. Con las limitaciones generales al conjunto del estado, y ya señaladas, ésta fue siempre una ciudad afín al rock, quizá por las propuestas de cambio, incluso de revolución, implícitas a esta música, y que también germinaban en ciudades de carácter industrial, trabajador. En comunidades emprendedoras.

Por lo tanto, era lógico que la marea procedente de Madrid encontrara eco, y amplificador, en nuestra ciudad. Los bares de copas se ambientan con “La chica de ayer”, “La estatua del Jardín Botánico” o “Para ti”, y los jóvenes sucumben al encanto de aquellas canciones directas, sencillas, con las que se identificaban, y que contaban historias que todos podían entender y que, incluso, se pudiera decir que parecían compuestas especialmente para ti. “Papá, ya no quiero ser futbolista. Quiero tocar en un conjunto de pop”, parecía la nueva consigna. Algo que se plasmó en una infinidad de conatos de conjuntos y que cuajó en algunos nombres aún recordados. Melopea Intensiva, La Burla, Jamón Soprano, Elvis Strauss, King Coronados, Animal Blues Band, Senda Blanca, Cirugía...

Un buen racimo de nombres, sobre todo divertidos, que animaron las noches del Auditórium y sentaron campamento en la Casa de la Música.

Hoy, cuando miramos con nostalgia aquellos ochenta de Movida y ganas, muchas ganas, huérfanos de locales de directo y grupos que piten, Manuel Quintana nos acerca a una historia, una novela, que en muchos aspectos podría también clasificarse en el apartado de memorias, o de crónica. Ficción alimentada de la realidad de unos años que el autor vivió con intensidad, con presencia obligada, y que ahora recupera no sin la consabida dosis de añoranza. Y es que la Historia también se escribe así, con la narración del día a día cotidiano, con las pequeñas cosas que fueron motor de una generación, con los recuerdos de unos momentos diferentes, embriagadores, que quizás condicionaron la vida de algunos de sus protagonistas. Páginas de cerveza y rock and roll. De amores fugaces y vidas vividas con prisa. De guitarras eléctricas y discos de vinilo.

Esto es literatura. Pero esto, también, es rock. Un libro con banda sonora. Una ficción que tiene mucho de realidad. Manuel Quintana ha hecho el esfuerzo. A nosotros sólo nos queda disfrutar... y agradecerlo. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que el último punk se suicide en Putney Bridge.

Manolo Teira Cobo




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